Colonialismo y literatura: la memoria rebelde de Canarias



    Voy a compartir con ustedes una reflexión que sirve, al mismo tiempo, como presentación de la novela La rebelión de los guanches de Anaga y como ensayo sobre la relación entre colonialismo y literatura. Porque en este caso la novela y la reflexión histórica forman parte del mismo corpus intelectual y político.

    Existen lugares donde la historia transita subterráneamente. Aguere es uno de ellos. Al caminar por sus calles puedes llegar a pensar que la ciudad permanece casi detenida en el tiempo. Las piedras, los balcones, las iglesias, las plazas, los patios interiores… todo transmite la apariencia tranquila de una ciudad colonial armónica y pacífica. Pero bajo esa superficie existe una ciudad construida por medio de la conquista militar y un proceso de brutal colonización.

    Las ciudades coloniales se edifican sobre memorias enterradas. Los relatos oficiales naturalizan la violencia y convierten el poder en inevitable, natural como el paisaje. Las crónicas de los conquistadores, los documentos administrativos, los discursos religiosos y jurídicos fueron armando durante siglos una explicación legitimadora de la conquista de Canarias. 

    El guanche fue, sucesivamente, un salvaje desalmado, una figura romántica o melancólica, noble incluso, o todo ello a la vez, pero nunca apareció como sujeto político rebelde, anticolonial, consciente de la dominación que sufría. La historia y la literatura prefirió narrarlo como un individuo destinado a desaparecer, ante el avance de la civilización europea.

    Cuando pensamos en colonialismo solemos imaginar ejércitos, barcos, esclavitud, saqueo o violencia militar. Y, ciertamente, el colonialismo fue exterminio, apropiación de tierras, destrucción cultural y sometimiento de pueblos enteros. Pero el colonialismo también hay que entenderlo como una gigantesca operación narrativa. El imperio necesitaba explicar por qué dominaba, para así poder justificar moralmente la violencia. 

    Ningún poder se sostiene solo mediante la fuerza. Necesita legitimidad, consentimiento, (des)construcción cultural. Durante siglos la literatura se ocupó de hacer un relato literario que dulcificara los efectos demoledores de la acción política, militar, económica y cultural que puso en marcha la modernidad en los territorios extraeuropeos.

    La literatura colonial clásica construyó un imaginario reconocible en el que Europa aparecía como el lugar de la razón, el progreso y la civilización, mientras que los pueblos colonizados eran presentados como salvajes, infantiles, irracionales o incapaces de gobernarse por sí mismos. El colonizado no podía aparecer como plenamente humano, porque entonces la violencia colonial se volvía mucho más difícil de justificar. Sobre los salvajes los civilizados pueden operar como se le antoje.

    Edward Said explicó este mecanismo en su celebrada obra Orientalismo. Occidente no solo conquistó territorios, también inventó una imagen degradada del otro. Una representación cultural destinada a legitimar la dominación. Y todavía vivimos dominados por esos relatos. Lo vemos en Palestina, en el Líbano, especialmente en el sur, en toda Asia Occidental, en el continente africano, en las culturas amerindias. Aún encontramos discursos que presentan a los pueblos no europeos como atrasados, peligrosos o incompatibles con la modernidad. La cultura nunca es inocente. La cultura es un campo de batalla político.

    Canarias ocupa un lugar extremadamente importante para pensar el colonialismo moderno. Estas islas fueron uno de los primeros espacios atlánticos donde Castilla ensayó formas de conquista, esclavización y reorganización social que luego aparecerían a gran escala en América. Canarias fue un laboratorio colonial temprano y, en su pequeño espacio geográfico, se concentraron todas las formas bestiales del colonialismo moderno.

    Se experimentaron tecnologías jurídicas, militares, religiosas y económicas de dominación. Comenzaron a elaborarse categorías como “bárbaro”, “esclavo” o “civilizado”. Se desarrollaron formas tempranas de economía de plantación y acumulación capitalista. Y se ensayó también una forma de gobernanza autoritaria basada en una legalidad profundamente desigual.

    Con la novela que da el marco a este artículo parto de esa idea. Quise mostrar Canarias no como una periferia marginal de la historia, sino como uno de los primeros escenarios de la modernidad colonial. Y por eso, el juicio a Iballa, indígena doblemente esclavizada, ocupa un lugar central en la narración. Y digo doblemente porque es esclavizada en cuanto mujer indígena, que debió ser libre bajo las propias leyes del imperio, pero que terminó sus días como esclava por la forma en que operaron los representantes del poder imperial en las islas.

    Formalmente, el juicio aparece como un espacio racional y jurídico. Pero materialmente funciona como una maquinaria colonial de legitimación del poder. La ley no opera desde la neutralidad, sino como instrumento de clasificación, control y disciplinamiento.

    La novela muestra ese itinerario desde tres niveles de funcionamiento del aparato jurídico colonial. Primero, el nivel formal, en el que encontramos los documentos, procedimientos, bulas, sentencias y rituales legales. Segundo, el nivel real del poder, que son los sobornos, las alianzas, las relaciones entre los propietarios, los jueces y la Real Audiencia. Y tercero, el nivel simbólico, en el que sobresale el espectáculo judicial, construido para disciplinar a la población y enseñar obediencia.

    El colonialismo necesita la burocracia, los aparatos administrativos, la religión, los discursos, y todo ello bajo la apariencia de legalidad. La violencia más eficaz es siempre aquella que logra presentarse como orden natural. Y el aparato judicial cumple un papel especialmente importante para eso objetivo.

    Iballa representa al colonizado en su dimensión más material. Su cuerpo encadenado, vigilado, enfermo y encerrado se convierte en metáfora de un pueblo entero destruido por la guerra, la esclavitud y el sometimiento cultural. Iballa es un archivo viviente del colonialismo, y al mismo tiempo su voz rompe el monopolio narrativo de los archivos imperiales. 

    Y esa significación es fundamental, porque los pueblos colonizados muchas veces no dejaron archivos escritos propios, especialmente cuando procedían de culturas ágrafas. Los archivos coloniales hablan siempre de propiedades, castigos, repartimientos, conversiones o esclavos, y los vencidos aparecen diluidos en la tinta escrita del conquistador.

La literatura devuelve humanidad allí donde los archivos solo dejaron categorías jurídicas. Imagina experiencias posibles, reconstruye subjetividades silenciadas y recupera memorias expulsadas de los documentos imperiales. Por eso la literatura puede cumplir una función tan importante. No se trata de falsear la historia, sino de devolver complejidad humana a aquello que el poder simplificó o borró. En ese sentido, la novela también intenta reflexionar sobre las resistencias.

    Los alzados de Anaga no aparecen simplemente como rebeldes aislados o desesperados. No son los “insurrectos errantes” al decir de Mao. Son portadores de otra forma de entender el mundo, el territorio y la comunidad. Representan una soberanía no estatal, una relación no extractiva con la tierra, una memoria oral y una lógica colectiva distinta a la impuesta por el orden colonial. El territorio en la novela no es un paisaje romántico o pintoresco, sino una infraestructura política de resistencia. La montaña es su refugio, además de una estrategia y desde ella se construye una memoria para la supervivencia.

    Abajo, en la ciudad colonial, se dibujan calles lineales, construyendo el espacio a su manera, tranzando planes rectangulares para dibujar la urbe. Arriba, la memoria indígena se niega a desaparecer. Y se mueve sinuosamente por las veredas y los caminos por donde solo pueden transitar las cabras y los guanches.

    Y en medio de esos dos mundos aparece un personaje central llamado Guaniacas. Este abogado representa el dilema del intelectual subalterno. Es un sujeto fronterizo que aprende el lenguaje jurídico europeo y utiliza las herramientas del colonizador para defender a los oprimidos. Y al hacerlo se está poniendo en peligro por partida doble. Primero, porque al entrar demasiado en la lógica del poder puede terminar reproduciéndola. Después, porque si no entra en su lógica, el poder lo ve como un enemigo al que hay que destruir. Esta dialéctica atraviesa buena parte de la historia colonial y también de la historia contemporánea.

    La novela intenta mostrar que la lucha legal y la resistencia armada no son necesariamente opuestas. En muchos contextos coloniales ambas se complementan para la lucha por la dignidad y la supervivencia.

    En la obra hablo del racismo como categoría constitutiva del colonialismo. La esclavitud, que es hija del racismo, no aparece como una anomalía moral, sino como una práctica normalizada dentro del nuevo orden económico. Los colonizados son administrados, castigados, vendidos y utilizados como mercancía. Están sometidos a la lógica del primer capitalismo. De hecho, el primer negocio capitalista en Canarias fue el tráfico de esclavos, antes incluso que la plantación de azúcar.

    El colonialismo clasifica a la humanidad. Algunos de los guanches que pactaron con el poder colonial son plenamente humanos. No todos y no siempre, porque una vez que los colonos se hicieron con todo el poder negaron los derechos reconocidos a los guanches de “paces”, y los sometieron de igual manera que hicieron con los que se resistieron. Fueron esclavizados y tratados como bestias, o expulsados a la marginalidad.

    Y esta lógica no desapareció con el final formal de los imperios coloniales. Vivimos en una época extraña. Los imperios coloniales clásicos desaparecieron, pero muchas de sus estructuras siguen presentes en las desigualdades globales, en las migraciones, en las fronteras y en la manera en que determinados pueblos continúan siendo representados por los medios de comunicación y por el discurso dominante.

    Por eso hablar hoy de colonialismo y literatura no es un ejercicio arqueológico. No estamos hablando solamente del pasado. Estamos hablando del presente. De quién tiene derecho a hablar. Quién merece ser escuchado. Y quién continúa siendo reducido al silencio.

    Aimé Césaire decía que la colonización no solo destruye al colonizado, sino que también degrada moralmente al colonizador. Y Fanon nos enseñó cómo el colonialismo termina ocupando incluso la mente de los dominados. Frente a ello, la literatura anticolonial ha intentado históricamente reconstruir la dignidad de los pueblos sometidos desde la narrativa imperial.

    Escribir literatura anticolonial significa alterar la jerarquía del mundo, afirmar que la experiencia de los colonizados también merece ser narrada. Por eso, escritores africanos, asiáticos, caribeños y latinoamericanos emprendieron una enorme tarea de reescritura histórica y cultural, y comprendieron que la disputa política también era una batalla por contar y narrar el pasado y el presente.

    En Canarias seguimos hablando de los guanches desde patrones paternalistas. Todavía cuesta asumir plenamente que nuestra historia también puede pensarse desde la experiencia colonial. Esta novela intenta abrir una pequeña grieta en ese relato dominante, contando la historia de los guanches en rebeldía, en lucha y no desde la sumisión.

    Las resistencias derrotadas nunca desaparecen del todo. En nuestro caso sobreviven en la memoria, en los relatos transmitidos de generación en generación, en los nombres, en las palabras, en la toponimia, en una relación afectiva con el espacio. En un sentimiento instalado en el corazón. 

    En lo profundo de una Anaga cubierta por la niebla, pequeños grupos humanos resistieron escondidos entre la laurisilva, mientras abajo avanzaba el nuevo orden colonial, soberbio y despótico.

    El imperio pensaba que estaba construyendo el futuro barriendo el pasado de un plumazo. Pero aquellas resistencias sobrevivieron de múltiples formas, algunas invisibles. La literatura tiene la capacidad de devolver a la memoria colectiva a los que el poder quiso borrar para siempre de la faz de las islas. No lo logró, y por eso los alzados guanches siguen aquí. 

 


¿Por qué el gobierno de Egipto ha dejado tirados a los palestinos?

Paso de Rafah
                                                                Paso de Rafah


Egipto es la frontera occidental de Gaza. Rafah es el paso fronterizo más importante y, con esa zona cerrada, la vida de los gazatíes se encuentra al borde de la extinción. Todas las demás fronteras de Gaza están cerradas por el país ocupante, incluida la salida al mar. Gaza es una franja de 41 kilómetros de largo por 10 de ancho, aproximadamente como de Santa Cruz a La Orotava. Viven más de dos millones de personas en condiciones extremas.


La historia de los habitantes de Gaza es de un heroísmo inaudito e incomprensible para el mundo occidental. La población de Gaza ha vivido en un martirio permanente desde hace décadas, pero especialmente desde que Hamás ganó las elecciones locales de 2005, convirtiéndose en la fuerza hegemónica en la Franja. Luego, en 2006, ganó las elecciones legislativas tanto en la Franja como en Cisjordania. EE. UU., potencia que verdaderamente gobierna la zona, a pesar de reconocer que Hamás había ganado, decidió —junto con Israel— hacer pagar caro a los palestinos, y de manera más cruda a los gazatíes, el haber votado por quien no tocaba.


Los gazatíes solo pudieron ver un rayo de esperanza cuando Morsi, candidato islamista en Egipto, ganó las elecciones a la presidencia en 2012. Único presidente elegido democráticamente en el país hasta la actualidad. Pero las esperanzas duraron muy poco, porque un golpe de Estado militar en 2013, con Al Sisi a la cabeza, volvió a sumir a Egipto bajo una dictadura y a alejarlo de Gaza.


Con Morsi, Gaza hubiese tenido un respiro e Israel habría visto frustrados sus intentos de cercar y mantener a la población de la Franja en condiciones mínimas de subsistencia, con poca comida, poca agua y pocos medicamentos. Esto es lo que hacía Israel antes de acometer el actual genocidio.


Así que Morsi no debía ser presidente, porque Israel lo veía como un peligro para sus políticas sobre Gaza y, en general, sobre Palestina. Por eso, cuando los militares egipcios dieron el golpe, Israel presionó a EE. UU. para que estos apoyaran materialmente la acción, manteniendo la ayuda militar y financiera al país. Inmediatamente, los grupos de presión proisraelíes en EE. UU. emplearon toda su influencia en apoyo de Al Sisi. Israel actuó como actor estratégico en el golpe porque Al Sisi mantenía vínculos estrechos con el país desde su etapa como jefe de inteligencia militar durante la dictadura de Mubarak, que duró desde 1981 hasta 2011.


De las dictaduras amigas de Occidente no se habla casi nada. No se habla de la dictadura en Arabia Saudí ni de la de los Emiratos Árabes, países de carácter autoritario controlados por familias concretas, que emplean mano de obra extranjera en condiciones de casi esclavitud. Tampoco se habla de la dictadura de Egipto, que es altamente represiva y elimina a los opositores sin miramientos. Egipto es una pieza clave para el mantenimiento del statu quo en la región; por eso, la democracia allí —y lo que opine su ciudadanía— importa poco. Lo que se busca es un régimen afín a Israel, que ejecute determinadas políticas y contribuya al exterminio la población gazatí.



                                                 

De la guerra popular prolongada de Mao Tse-Tung a Hezbolá



A simple vista, esta línea relacional suena extraña. Y, si atendemos al componente ideológico, ciertamente lo es. Sin embargo, si pasamos por alto el hecho de que Mao hacía una revolución comunista y que Hezbolá es un movimiento islamista-nacionalista, podemos encontrar importantes similitudes en el plano de la estrategia militar. Y es a eso a lo que me refiero.


La influencia de la teoría militar maoísta es bien conocida en el caso de Vietnam, durante la guerra que los EE. UU. libraron allí, así como en distintas insurgencias guerrilleras latinoamericanas del siglo XX. Menos conocido es el caso de la relación entre la teoría guerrillera de Mao y Hezbolá. Pero que se conozca menos en el mundo occidental no quiere decir que no exista.


La estrategia militar de Hezbolá, desde su nacimiento en 1980, consideró de vital importancia constituirse también en organización política y social e integrarse en la estructura más amplia del país. Hezbolá desplegó una importante red de asistencia social, educativa, sanitaria y de representación parlamentaria dentro de la numerosa comunidad chií del Líbano. Esta múltiple inserción recuerda el principio maoísta de la estrecha relación entre el ejército y las masas, definido en la célebre frase del Gran Timonel según la cual el guerrillero debe moverse en el seno del pueblo “como pez en el agua”.


Por otra parte, Hezbolá ha sabido eludir la confrontación directa con un enemigo tecnológicamente muy superior, como es el ejército de Israel, y en su lugar ha puesto en práctica una guerra asimétrica apoyada en pequeñas unidades, muy móviles y descentralizadas, capaces de golpear y retirarse con rapidez. 


Junto a ello, Hezbolá ha construido en el sur del país —territorio que controla ampliamente— búnkeres, túneles, depósitos ocultos y fortificaciones que dificultan el control del territorio por parte del enemigo y, además, le infligen golpes importantes de forma recurrente.


Esta estrategia se asemeja a la idea maoísta de liberar zonas que quedan bajo el control de la organización militar; aunque el contexto es distinto, cumplen una función similar, pues permiten a la guerrilla operar con relativa libertad y prolongar el conflicto el tiempo necesario.


Para muchos analistas militares, Hezbolá representa una evolución de la guerra popular maoísta y, además, es considerada una de las organizaciones guerrilleras más capaces y solventes del siglo XXI. Esto se debe a que ha sabido adaptar elementos clásicos de la guerra de guerrillas —como la movilidad, la descentralización y el apoyo social— a capacidades tecnológicas avanzadas, como los misiles antitanque, los drones y los misiles de largo alcance, junto con formas de combate propias de lo que hoy se denomina guerra híbrida. Hezbolá atesora un considerable apoyo social para afrontar su guerra prolongada contra el ocupante sionista.


Hezbolá aplica con gran rigor el principio de movilidad maoísta recogido en la sentencia: “El enemigo avanza, nosotros retrocedemos; el enemigo acampa, nosotros lo hostigamos; el enemigo se fatiga, nosotros lo atacamos; el enemigo se retira, nosotros lo perseguimos”. La guerrilla golpea al enemigo y elige los lugares de confrontación: ataca con todas sus fuerzas en un punto concreto y se retira.


Para Hezbolá, como para Mao, la estrategia militar está supeditada a la dimensión política de la guerra. “La política dirige al fusil”, decía Mao. Muchos de los principios maoístas que Hezbolá pone en práctica pueden encontrarse también, en cierta medida, en El arte de la guerra de Sun Tzu.

La rebelión de los guanches de Anaga



Junto con José Quintana presentamos ayer la novela en la Orotava. Gracias a la Biblioteca Municipal y al público asistente por el buen ratito que pasamos. Les dejo aquí un resumen de lo que hablé.


La novela plantea una reinterpretación de la historia de Canarias, presentándola como uno de los primeros espacios de experimentación del colonialismo castellano antes de su expansión en América. En este territorio se ensayaron formas de dominación política, jurídica, económica y racial que luego se consolidarían en el mundo colonial. La obra muestra cómo el archipiélago funcionó de laboratorio para el poder. Se establecieron categorías sociales y raciales, se desarrolló la esclavitud de la población indígena y se implantó una economía de plantación basada en la expropiación de tierras y el trabajo forzado. De esta manera, la novela cuestiona la narrativa tradicional que sitúa el colonialismo español exclusivamente fuera de Europa y propone entenderlo como una estructura histórica persistente que ha marcado la posición periférica de Canarias dentro del sistema capitalista.

Uno de los ejes centrales del relato es el juicio a Iballa, que sirve para mostrar el funcionamiento real del poder colonial. Aunque el proceso judicial aparece formalmente como un espacio de legalidad y racionalidad, en realidad se revela como un teatro destinado a legitimar la dominación. La ley no actúa como un instrumento de justicia, sino como una tecnología de control que clasifica, disciplina y somete a los pueblos colonizados. En la novela se distinguen tres niveles del aparato jurídico: el formal, representado por documentos y procedimientos; el real, donde operan las relaciones de poder, los sobornos y las alianzas políticas; y el simbólico, que busca educar a la población en la obediencia al orden colonial.


La figura de Iballa representa el cuerpo colonizado, especialmente el de la mujer indígena. Su encarcelamiento simboliza la dominación material y biopolítica ejercida sobre el pueblo guanche, sometido mediante la guerra, el encierro y la destrucción cultural. Sin embargo, su voz también encarna la memoria de los subalternos y la resistencia frente al poder imperial, mostrando que el conocimiento histórico no proviene únicamente de los archivos oficiales, sino también de la experiencia y la memoria de los oprimidos.


En contraste con el orden colonial aparecen Erbane y los alzados, quienes representan una forma distinta de organización política basada en la comunidad, la memoria oral y una relación no extractiva con el territorio. Su resistencia pone en cuestión la supuesta superioridad del modelo europeo y demuestra que existían alternativas civilizatorias propias. El territorio, lejos de ser un paisaje romántico, se convierte en un espacio estratégico para la guerra y la supervivencia.


Otra figura clave es Guaniacas, un personaje fronterizo que combina la memoria indígena con el conocimiento del derecho europeo. Su papel refleja el dilema del intelectual subalterno que utiliza las herramientas del colonizador para defender a su propio pueblo. La novela sugiere que, en contextos de dominación colonial, tanto la lucha jurídica como la resistencia armada pueden formar parte de un mismo proceso emancipador.


Finalmente, la obra expone cómo el colonialismo produjo un sistema racial y de clase en el que los cuerpos guanches fueron tratados como propiedad y convertidos en mercancía dentro de la economía esclavista. La imposición cultural y religiosa buscó borrar las creencias, rituales y formas de organización indígenas. Sin embargo, la persistencia de la resistencia muestra que la historia de los guanches no debe contarse únicamente desde la derrota, sino también desde la rebeldía. La novela invita así a repensar la historia de Canarias como la historia de un territorio periférico marcado por la colonización, pero también por la capacidad de sus pueblos para resistir y mantener viva su memoria.

 

 

Por qué amamos la isla

 


“Parecería que fuera en balde. Mirar tanto tiempo la cumbre es propio de un hombre distinto. Que no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Ni le conviene”. (M. Padorno)

La isla tiene un límite visible. No hay nada de abstracto en él. Está fijado en su superficie. Desde cualquier lugar en que te encuentres, lo percibes. Si subes lo suficiente, ves el borde por todos lados. Oteas cómo termina la tierra y comienza el mar y, a lo lejos, divisas otra tierra y sus bordes.


El isleño es consciente de su insularidad. Vive en un lugar que puede imaginarse totalmente. Al contrario que en el continente, donde el espacio se prolonga más allá de donde puedes ver, en la isla ese más allá no es extensión, sino finitud.


Nuestro límite no es metafórico, sino físico, material. Lo que hacemos en él es perfectamente visible y medible. La tierra cultivable es concreta. Las montañas están ahí, inamovibles. Los barrancos rasgan nuestra geografía. El relieve nos organiza la vida. Los guanches y los canarios nos vamos a vivir a las lomas de las montañas. La tierra que nos sustenta no es llana, sino abrupta y dura. La geografía es una fuerza que nos modela.


Isleños e isleñas nos redefinimos existencialmente hacia adentro, lo cual intensifica nuestro arraigo. Por cada loma sopla un viento, por cada curva aparece un paisaje. Nuestra memoria está completamente insertada en el territorio. Después viene el afuera, porque la isla está siempre abierta y no hay manera posible de cerrarla. La isla está expuesta a los bandazos de los mares, de los vientos y de la historia.


La insularidad es la tensión entre un adentro inevitable, físico, y esa apertura al exterior. La gente insular experimenta el tiempo desde una experiencia particular. Nuestras distancias son cortas, y los cambios se notan enseguida. Los impactos sobre el suelo se ven a simple vista. La escala nos hace sufrir las heridas que le infligimos a la isla. Se sienten vivamente las tajadas que se le dan. Cuando se altera su paisaje, su mancha queda expuesta. No se diluye en una extensión infinita, como sucede en el continente. El impacto altera el conjunto. En la isla se sobremagnifican las consecuencias de los desafueros (poblacionales, de tráfico, de infraestructura y urbanísticos).


En nuestras islas, hijas de los volcanes, el suelo cambia. Las capas superpuestas de lava lo moldean. La tierra es inestable. Las montañas son creadas por explosiones telúricas enormes, que modifican el paisaje y también dan conciencia a la memoria geológica de sus habitantes. La insularidad en las islas volcánicas nos modela una conciencia de fragilidad permanente.


La isla nos crea un marco existencial definido por su finitud, su exposición al exterior (normalmente, dependencia colonial) y su intensa geología. Nuestra identidad insular surge de ahí, de la interacción entre la geografía y la historia.


La isla es nuestro mundo, aunque sepamos que más allá del agua existen más. No es mejor ni peor que otros, es el nuestro. Y por eso lo amamos. Todo él. Y por eso lo defendemos cuando es amenazado.

Islas estratégicas: Puerto Rico y Canarias


“Quieren quitarme el río y también la playa/Quieren el barrio mío y que tus hijos se vayan/ No, no suelte' la bandera ni olvide' el lelolai/ Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”. Y así, desde décadas y siglos pasados Puerto Rico y Canarias han tenido una historia paralela y llena de interconexiones humanas.

 

La guerra hispano-norteamericana terminó en 1898, y con ella se cambiaron las influencias en el Atlántico. EE-UU. emergió como potencia oceánica y España dejó de serlo. Los dos archipiélagos se vieron afectados de manera profunda. Puerto Rico cambió de soberanía, mientras Canarias permaneció bajo soberanía española, pero necesitó ser españolizada.

 

Estados Unidos desembarcó en Puerto Rico en julio de 1898, y con la ocupación de esta isla convirtió el caribe en un mar interior para su estrategia oceánica. Puerto Rico fue ocupada en calidad de territorio bajo soberanía estadounidense, sin ser un estado de la Unión. Sus ciudadanos pasaron a tener la ciudadanía estadounidense pero el territorio se mantuvo en un limbo extraño.

 

Puerto Rico asume una misión esencial para el expansionismo norteamericano, convirtiéndose en apoyo militar y logístico para el control de Centroamérica y las demás islas del Caribe. Su función como base militar es fundamental. 

 

Por su parte, Canarias a lo largo del siglo XX, se convirtió en frontera atlántica de Europa. No mutó de soberanía en 1898, y continuó siendo una colonia económica de Gran Bretaña, pero a la vez se inició un proceso intenso de imposición de identidad nacional española.

 

El final del imperio español en América alteró su papel histórico. Durante siglos había sido escala hacia el Nuevo Mundo. A partir del siglo XX su función fue de plataforma logística del expansionismo español en África. Hoy, las islas son un punto nodal tricontinental entre Europa, África y América, y una frontera avanzada de la Unión Europea frente a África occidental.

 

A diferencia de Puerto Rico, Canarias forma parte plena del Estado español y del marco jurídico europeo. No hay ambigüedad sobre su soberanía. Pero su condición ultraperiférica la sitúa en una realidad económica particular, muy dependiente del turismo y de la conectividad exterior.

 

Vistas conjuntamente, estas islas atlánticas (PR e IC) funcionan como piezas estratégicas de dos grandes colosos mundiales, EE.UU. y la UE. En los dos casos la clave está en su posición geográfica, desde las que se proyectan políticas neocoloniales hacia otros territorios continentales (Caribe-América del sur y África). No son solo territorios sino, sobre todo, puntos de conexión.

 

Lola Rodríguez de Tió poetisa, periodista y revolucionaria portorriqueña lo puso en verso:


¡Oh, Puerto Rico del alma!
que al canario recibiste,
en tu tierra él ha hecho
la sangre que ya trajiste.

Es el acento de mi tierra
y el tuyo, primo, el mismo;
que el mar no es una frontera,
sino un puente de cariño.

Las tuberías de agua de la ocupación sionista en Palestina


Médicos sin fronteras.

En los conflictos coloniales la violencia no siempre adopta la forma del enfrentamiento armado. A menudo es más lenta, menos visible y, precisamente por ello, más eficaz. Controlar la tierra, regular los movimientos de población o decidir quién puede producir y quién no son formas clásicas de dominación. Entre todas ellas, una destaca por su centralidad material y simbólica: el control del agua.


Lejos de ser un recurso neutral o un problema técnico, el agua ha sido históricamente un instrumento de poder colonial. Palestina es un caso bien conocido. También se usó con este sentido en la Sudáfrica del apartheid y en la Argelia colonial.


Desde la guerra de los seis días de 1967, Israel controla los recursos hídricos palestinos. En Cisjordania la principal reserva de agua dulce se encuentra en el Acuífero de la Montaña, y se recarga mayoritariamente bajo territorio palestino, pero su explotación está dominada por Israel para beneficio de los asentamientos de los colonos judíos.


Los palestinos necesitan permisos militares para perforar pozos, reparar canalizaciones o ampliar redes. Permisos que rara vez se conceden. El resultado es una desigualdad estructural. Mientras los asentamientos disfrutan de suministro continuo, agricultura intensiva y espacios verdes, las comunidades palestinas reciben agua solo algunos días a la semana y deben comprarla a precios elevados a la propia empresa israelí que la controla.


El agua es un mecanismo de control sobre la vida cotidiana de los palestinos. El mecanismo estrangula el desarrollo económico, produce enfermedades y desorganiza el tiempo de la vida doméstica. Esta sequía no se produce por las condiciones de la naturaleza sino es aplicada como instrumento de dominio colonial. Es una sequía administrada políticamente.


En Gaza esta lógica ha alcanzado una dimensión cualitativamente distinta, tras el genocidio iniciado en 2023. Gaza ya sufría una crisis hídrica severa. El acuífero costero estaba sobreexplotado y contaminado, y más del 95 % del agua no era potable. Israel controlaba la entrada de energía, materiales y tecnología necesarios para la desalinización y la depuración. Tras los bombardeos masivos y el asedio prolongado, la situación ha derivado en la destrucción sistemática de todas las infraestructuras hídricas. Las plantas desaladoras, pozos, redes de distribución y sistemas de saneamiento han sido destruidos o inutilizados. El acceso al agua potable se ha reducido a niveles mínimos, con consecuencias directas sobre la supervivencia de la población civil. Israel mata con bombas, hambre y sed a los gazatíes.


El genocidio israelí administra la escasez para hacer inviable la vida misma. En Cisjordania representa la gestión prolongada de la escasez. Gaza, su punto límite. El paso de la dominación estructural a la negación abierta de las condiciones de vida.


El agua riega campos y apaga la sed, delimita territorios, organiza jerarquías y define horizontes de futuro. En Palestina funciona como una frontera invisible, menos visible que un muro, pero igual de eficaz.

Colonialismo y literatura: la memoria rebelde de Canarias

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