Egipto es la frontera occidental de Gaza. Rafah es el paso fronterizo más importante y, con esa zona cerrada, la vida de los gazatíes se encuentra al borde de la extinción. Todas las demás fronteras de Gaza están cerradas por el país ocupante, incluida la salida al mar. Gaza es una franja de 41 kilómetros de largo por 10 de ancho, aproximadamente como de Santa Cruz a La Orotava. Viven más de dos millones de personas en condiciones extremas.
La historia de los habitantes de Gaza es de un heroísmo inaudito e incomprensible para el mundo occidental. La población de Gaza ha vivido en un martirio permanente desde hace décadas, pero especialmente desde que Hamás ganó las elecciones locales de 2005, convirtiéndose en la fuerza hegemónica en la Franja. Luego, en 2006, ganó las elecciones legislativas tanto en la Franja como en Cisjordania. EE. UU., potencia que verdaderamente gobierna la zona, a pesar de reconocer que Hamás había ganado, decidió —junto con Israel— hacer pagar caro a los palestinos, y de manera más cruda a los gazatíes, el haber votado por quien no tocaba.
Los gazatíes solo pudieron ver un rayo de esperanza cuando Morsi, candidato islamista en Egipto, ganó las elecciones a la presidencia en 2012. Único presidente elegido democráticamente en el país hasta la actualidad. Pero las esperanzas duraron muy poco, porque un golpe de Estado militar en 2013, con Al Sisi a la cabeza, volvió a sumir a Egipto bajo una dictadura y a alejarlo de Gaza.
Con Morsi, Gaza hubiese tenido un respiro e Israel habría visto frustrados sus intentos de cercar y mantener a la población de la Franja en condiciones mínimas de subsistencia, con poca comida, poca agua y pocos medicamentos. Esto es lo que hacía Israel antes de acometer el actual genocidio.
Así que Morsi no debía ser presidente, porque Israel lo veía como un peligro para sus políticas sobre Gaza y, en general, sobre Palestina. Por eso, cuando los militares egipcios dieron el golpe, Israel presionó a EE. UU. para que estos apoyaran materialmente la acción, manteniendo la ayuda militar y financiera al país. Inmediatamente, los grupos de presión proisraelíes en EE. UU. emplearon toda su influencia en apoyo de Al Sisi. Israel actuó como actor estratégico en el golpe porque Al Sisi mantenía vínculos estrechos con el país desde su etapa como jefe de inteligencia militar durante la dictadura de Mubarak, que duró desde 1981 hasta 2011.
De las dictaduras amigas de Occidente no se habla casi nada. No se habla de la dictadura en Arabia Saudí ni de la de los Emiratos Árabes, países de carácter autoritario controlados por familias concretas, que emplean mano de obra extranjera en condiciones de casi esclavitud. Tampoco se habla de la dictadura de Egipto, que es altamente represiva y elimina a los opositores sin miramientos. Egipto es una pieza clave para el mantenimiento del statu quo en la región; por eso, la democracia allí —y lo que opine su ciudadanía— importa poco. Lo que se busca es un régimen afín a Israel, que ejecute determinadas políticas y contribuya al exterminio la población gazatí.