“Parecería que fuera en balde. Mirar tanto tiempo la cumbre es propio de un hombre distinto. Que no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Ni le conviene”. (M. Padorno)
La isla tiene un límite visible. No hay nada de abstracto en él. Está fijado en su superficie. Desde cualquier lugar en que te encuentres, lo percibes. Si subes lo suficiente, ves el borde por todos lados. Oteas cómo termina la tierra y comienza el mar y, a lo lejos, divisas otra tierra y sus bordes.
El isleño es consciente de su insularidad. Vive en un lugar que puede imaginarse totalmente. Al contrario que en el continente, donde el espacio se prolonga más allá de donde puedes ver, en la isla ese más allá no es extensión, sino finitud.
Nuestro límite no es metafórico, sino físico, material. Lo que hacemos en él es perfectamente visible y medible. La tierra cultivable es concreta. Las montañas están ahí, inamovibles. Los barrancos rasgan nuestra geografía. El relieve nos organiza la vida. Los guanches y los canarios nos vamos a vivir a las lomas de las montañas. La tierra que nos sustenta no es llana, sino abrupta y dura. La geografía es una fuerza que nos modela.
Los isleños nos redefinimos existencialmente hacia adentro, lo cual intensifica nuestro arraigo. Por cada loma sopla un viento, por cada curva aparece un paisaje. Nuestra memoria está completamente insertada en el territorio. Después viene el afuera, porque la isla está siempre abierta y no hay manera posible de cerrarla. La isla está expuesta a los bandazos de los mares, de los vientos y de la historia.
La insularidad es la tensión entre un adentro inevitable, físico, y esa apertura al exterior. Los isleños experimentamos el tiempo desde una experiencia particular. Nuestras distancias son cortas, y los cambios se notan enseguida. Los impactos sobre el suelo se ven a simple vista. La escala nos hace sufrir las heridas que le infligimos a la isla. Se sienten vivamente las tajadas que se le dan. Cuando se altera su paisaje, su mancha queda expuesta. No se diluye en una extensión infinita, como sucede en el continente. El impacto altera el conjunto. En la isla se sobremagnifican las consecuencias de los desafueros (poblacionales, de tráfico, de infraestructura y urbanísticos).
En nuestras islas, hijas de los volcanes, el suelo cambia. Las capas superpuestas de lava lo moldean. La tierra es inestable. Las montañas son creadas por explosiones telúricas enormes, que modifican el paisaje y también dan conciencia a la memoria geológica de los isleños. La insularidad en las islas volcánicas nos modela una conciencia de fragilidad permanente.
La isla nos crea un marco existencial definido por su finitud, su exposición al exterior (normalmente, dependencia colonial) y su intensa geología. Nuestra identidad insular surge de ahí, de la interacción entre la geografía y la historia.
La isla es nuestro mundo, aunque sepamos que más allá del agua existen más. No es mejor ni peor que otros, es el nuestro. Y por eso lo amamos. Todo él. Y por eso lo defendemos cuando es amenazado.