Voy a compartir con ustedes una reflexión que sirve, al mismo tiempo, como presentación de la novela La rebelión de los guanches de Anaga y como ensayo sobre la relación entre colonialismo y literatura. Porque en este caso la novela y la reflexión histórica forman parte del mismo corpus intelectual y político.
Existen lugares donde la historia transita subterráneamente. Aguere es uno de ellos. Al caminar por sus calles puedes llegar a pensar que la ciudad permanece casi detenida en el tiempo. Las piedras, los balcones, las iglesias, las plazas, los patios interiores… todo transmite la apariencia tranquila de una ciudad colonial armónica y pacífica. Pero bajo esa superficie existe una ciudad construida por medio de la conquista militar y un proceso de brutal colonización.
Las ciudades coloniales se edifican sobre memorias enterradas. Los relatos oficiales naturalizan la violencia y convierten el poder en inevitable, natural como el paisaje. Las crónicas de los conquistadores, los documentos administrativos, los discursos religiosos y jurídicos fueron armando durante siglos una explicación legitimadora de la conquista de Canarias.
El guanche fue, sucesivamente, un salvaje desalmado, una figura romántica o melancólica, noble incluso, o todo ello a la vez, pero nunca apareció como sujeto político rebelde, anticolonial, consciente de la dominación que sufría. La historia y la literatura prefirió narrarlo como un individuo destinado a desaparecer, ante el avance de la civilización europea.
Cuando pensamos en colonialismo solemos imaginar ejércitos, barcos, esclavitud, saqueo o violencia militar. Y, ciertamente, el colonialismo fue exterminio, apropiación de tierras, destrucción cultural y sometimiento de pueblos enteros. Pero el colonialismo también hay que entenderlo como una gigantesca operación narrativa. El imperio necesitaba explicar por qué dominaba, para así poder justificar moralmente la violencia.
Ningún poder se sostiene solo mediante la fuerza. Necesita legitimidad, consentimiento, (des)construcción cultural. Durante siglos la literatura se ocupó de hacer un relato literario que dulcificara los efectos demoledores de la acción política, militar, económica y cultural que puso en marcha la modernidad en los territorios extraeuropeos.
La literatura colonial clásica construyó un imaginario reconocible en el que Europa aparecía como el lugar de la razón, el progreso y la civilización, mientras que los pueblos colonizados eran presentados como salvajes, infantiles, irracionales o incapaces de gobernarse por sí mismos. El colonizado no podía aparecer como plenamente humano, porque entonces la violencia colonial se volvía mucho más difícil de justificar. Sobre los salvajes los civilizados pueden operar como se le antoje.
Edward Said explicó este mecanismo en su celebrada obra Orientalismo. Occidente no solo conquistó territorios, también inventó una imagen degradada del otro. Una representación cultural destinada a legitimar la dominación. Y todavía vivimos dominados por esos relatos. Lo vemos en Palestina, en el Líbano, especialmente en el sur, en toda Asia Occidental, en el continente africano, en las culturas amerindias. Aún encontramos discursos que presentan a los pueblos no europeos como atrasados, peligrosos o incompatibles con la modernidad. La cultura nunca es inocente. La cultura es un campo de batalla político.
Canarias ocupa un lugar extremadamente importante para pensar el colonialismo moderno. Estas islas fueron uno de los primeros espacios atlánticos donde Castilla ensayó formas de conquista, esclavización y reorganización social que luego aparecerían a gran escala en América. Canarias fue un laboratorio colonial temprano y, en su pequeño espacio geográfico, se concentraron todas las formas bestiales del colonialismo moderno.
Se experimentaron tecnologías jurídicas, militares, religiosas y económicas de dominación. Comenzaron a elaborarse categorías como “bárbaro”, “esclavo” o “civilizado”. Se desarrollaron formas tempranas de economía de plantación y acumulación capitalista. Y se ensayó también una forma de gobernanza autoritaria basada en una legalidad profundamente desigual.
Con la novela que da el marco a este artículo parto de esa idea. Quise mostrar Canarias no como una periferia marginal de la historia, sino como uno de los primeros escenarios de la modernidad colonial. Y por eso, el juicio a Iballa, indígena doblemente esclavizada, ocupa un lugar central en la narración. Y digo doblemente porque es esclavizada en cuanto mujer indígena, que debió ser libre bajo las propias leyes del imperio, pero que terminó sus días como esclava por la forma en que operaron los representantes del poder imperial en las islas.
Formalmente, el juicio aparece como un espacio racional y jurídico. Pero materialmente funciona como una maquinaria colonial de legitimación del poder. La ley no opera desde la neutralidad, sino como instrumento de clasificación, control y disciplinamiento.
La novela muestra ese itinerario desde tres niveles de funcionamiento del aparato jurídico colonial. Primero, el nivel formal, en el que encontramos los documentos, procedimientos, bulas, sentencias y rituales legales. Segundo, el nivel real del poder, que son los sobornos, las alianzas, las relaciones entre los propietarios, los jueces y la Real Audiencia. Y tercero, el nivel simbólico, en el que sobresale el espectáculo judicial, construido para disciplinar a la población y enseñar obediencia.
El colonialismo necesita la burocracia, los aparatos administrativos, la religión, los discursos, y todo ello bajo la apariencia de legalidad. La violencia más eficaz es siempre aquella que logra presentarse como orden natural. Y el aparato judicial cumple un papel especialmente importante para eso objetivo.
Iballa representa al colonizado en su dimensión más material. Su cuerpo encadenado, vigilado, enfermo y encerrado se convierte en metáfora de un pueblo entero destruido por la guerra, la esclavitud y el sometimiento cultural. Iballa es un archivo viviente del colonialismo, y al mismo tiempo su voz rompe el monopolio narrativo de los archivos imperiales.
Y esa significación es fundamental, porque los pueblos colonizados muchas veces no dejaron archivos escritos propios, especialmente cuando procedían de culturas ágrafas. Los archivos coloniales hablan siempre de propiedades, castigos, repartimientos, conversiones o esclavos, y los vencidos aparecen diluidos en la tinta escrita del conquistador.
La literatura devuelve humanidad allí donde los archivos solo dejaron categorías jurídicas. Imagina experiencias posibles, reconstruye subjetividades silenciadas y recupera memorias expulsadas de los documentos imperiales. Por eso la literatura puede cumplir una función tan importante. No se trata de falsear la historia, sino de devolver complejidad humana a aquello que el poder simplificó o borró. En ese sentido, la novela también intenta reflexionar sobre las resistencias.
Los alzados de Anaga no aparecen simplemente como rebeldes aislados o desesperados. No son los “insurrectos errantes” al decir de Mao. Son portadores de otra forma de entender el mundo, el territorio y la comunidad. Representan una soberanía no estatal, una relación no extractiva con la tierra, una memoria oral y una lógica colectiva distinta a la impuesta por el orden colonial. El territorio en la novela no es un paisaje romántico o pintoresco, sino una infraestructura política de resistencia. La montaña es su refugio, además de una estrategia y desde ella se construye una memoria para la supervivencia.
Abajo, en la ciudad colonial, se dibujan calles lineales, construyendo el espacio a su manera, tranzando planes rectangulares para dibujar la urbe. Arriba, la memoria indígena se niega a desaparecer. Y se mueve sinuosamente por las veredas y los caminos por donde solo pueden transitar las cabras y los guanches.
Y en medio de esos dos mundos aparece un personaje central llamado Guaniacas. Este abogado representa el dilema del intelectual subalterno. Es un sujeto fronterizo que aprende el lenguaje jurídico europeo y utiliza las herramientas del colonizador para defender a los oprimidos. Y al hacerlo se está poniendo en peligro por partida doble. Primero, porque al entrar demasiado en la lógica del poder puede terminar reproduciéndola. Después, porque si no entra en su lógica, el poder lo ve como un enemigo al que hay que destruir. Esta dialéctica atraviesa buena parte de la historia colonial y también de la historia contemporánea.
La novela intenta mostrar que la lucha legal y la resistencia armada no son necesariamente opuestas. En muchos contextos coloniales ambas se complementan para la lucha por la dignidad y la supervivencia.
En la obra hablo del racismo como categoría constitutiva del colonialismo. La esclavitud, que es hija del racismo, no aparece como una anomalía moral, sino como una práctica normalizada dentro del nuevo orden económico. Los colonizados son administrados, castigados, vendidos y utilizados como mercancía. Están sometidos a la lógica del primer capitalismo. De hecho, el primer negocio capitalista en Canarias fue el tráfico de esclavos, antes incluso que la plantación de azúcar.
El colonialismo clasifica a la humanidad. Algunos de los guanches que pactaron con el poder colonial son plenamente humanos. No todos y no siempre, porque una vez que los colonos se hicieron con todo el poder negaron los derechos reconocidos a los guanches de “paces”, y los sometieron de igual manera que hicieron con los que se resistieron. Fueron esclavizados y tratados como bestias, o expulsados a la marginalidad.
Y esta lógica no desapareció con el final formal de los imperios coloniales. Vivimos en una época extraña. Los imperios coloniales clásicos desaparecieron, pero muchas de sus estructuras siguen presentes en las desigualdades globales, en las migraciones, en las fronteras y en la manera en que determinados pueblos continúan siendo representados por los medios de comunicación y por el discurso dominante.
Por eso hablar hoy de colonialismo y literatura no es un ejercicio arqueológico. No estamos hablando solamente del pasado. Estamos hablando del presente. De quién tiene derecho a hablar. Quién merece ser escuchado. Y quién continúa siendo reducido al silencio.
Aimé Césaire decía que la colonización no solo destruye al colonizado, sino que también degrada moralmente al colonizador. Y Fanon nos enseñó cómo el colonialismo termina ocupando incluso la mente de los dominados. Frente a ello, la literatura anticolonial ha intentado históricamente reconstruir la dignidad de los pueblos sometidos desde la narrativa imperial.
Escribir literatura anticolonial significa alterar la jerarquía del mundo, afirmar que la experiencia de los colonizados también merece ser narrada. Por eso, escritores africanos, asiáticos, caribeños y latinoamericanos emprendieron una enorme tarea de reescritura histórica y cultural, y comprendieron que la disputa política también era una batalla por contar y narrar el pasado y el presente.
En Canarias seguimos hablando de los guanches desde patrones paternalistas. Todavía cuesta asumir plenamente que nuestra historia también puede pensarse desde la experiencia colonial. Esta novela intenta abrir una pequeña grieta en ese relato dominante, contando la historia de los guanches en rebeldía, en lucha y no desde la sumisión.
Las resistencias derrotadas nunca desaparecen del todo. En nuestro caso sobreviven en la memoria, en los relatos transmitidos de generación en generación, en los nombres, en las palabras, en la toponimia, en una relación afectiva con el espacio. En un sentimiento instalado en el corazón.
En lo profundo de una Anaga cubierta por la niebla, pequeños grupos humanos resistieron escondidos entre la laurisilva, mientras abajo avanzaba el nuevo orden colonial, soberbio y despótico.
El imperio pensaba que estaba construyendo el futuro barriendo el pasado de un plumazo. Pero aquellas resistencias sobrevivieron de múltiples formas, algunas invisibles. La literatura tiene la capacidad de devolver a la memoria colectiva a los que el poder quiso borrar para siempre de la faz de las islas. No lo logró, y por eso los alzados guanches siguen aquí.