La primera como tragedia, la segunda como farsa


Marx escribió, parafraseando a Hegel, que los grandes hechos y personajes de la historia aparecen dos veces: «una vez como tragedia y la otra como farsa». Y esto es lo que estamos viendo en Alemania.


El nazismo de los años treinta y la vuelta de la extrema derecha hoy tienen semejanzas que no deben despreciarse. Alternativa para Alemania (AfD) ha logrado buena parte de su ascenso atacando a los inmigrantes, encendiendo el nacionalismo, rechazando el multiculturalismo y denunciando a unas élites globales que supuestamente habrían debilitado Alemania. Pero hoy los enemigos no son los judíos, los bolcheviques, ni los pueblos eslavos. Hoy son los inmigrantes del tercer mundo. Los pueblos de las colonias que los europeos esquilmaron durante más de doscientos años, y sobre los que fundaron su desarrollo y bienestar.


El NSDAP no era simplemente un partido nacionalista radical que concurría a elecciones. Era un movimiento de masas que disponía de una gigantesca organización paramilitar, las SA, junto a las SS, y que convirtió la violencia callejera contra comunistas, socialdemócratas, judíos, gitanos y otras minorías en un instrumento sistemático para conquistar el Estado. La AfD, por radical que sea parte de su discurso, carece de un equivalente funcional a aquellas estructuras y actúa dentro de un Estado constitucional enormemente más sólido que la República de Weimar.


Las contradicciones alcanzan incluso a sus dirigentes. Alice Weidel encabeza un partido que reivindica como norma social la familia tradicional formada por hombre y mujer, mientras ella misma vive con su pareja, una mujer, y ambas crían a sus hijos. Es una paradoja reveladora, porque si determinadas minorías culturales o sexuales aparecen como síntomas de una Alemania que habría perdido sus referencias tradicionales, la dirección del partido encarna una realidad social mucho más compleja que aquella que su retórica pretende restaurar.


Existe, además, una contradicción histórica todavía mayor. Hitler podía imaginar una Alemania convertida en potencia hegemónica europea. La Alemania de 1933 era un Estado nacional de más de sesenta y cinco millones de habitantes situado en el centro de un sistema internacional compuesto por potencias europeas rivales. En 2026 ese mundo ha desaparecido. La escala del poder es otra. Estados Unidos y China poseen dimensiones demográficas, militares, tecnológicas y económicas frente a las cuales Alemania no es más que una potencia de segundo orden. Incluso Rusia posee un poder de destrucción tan brutal que podría golpear con armamento nuclear demoledor si Alemania soñara nuevamente con expandirse a costa de Rusia. 


Por eso resulta paradójico que la extrema derecha alemana reivindique precisamente la recuperación de la soberanía nacional debilitando la Unión Europea. La AfD propone una política exterior centrada en los intereses de Alemania, cuestiona aspectos fundamentales de la integración europea y alberga corrientes que imaginan un mundo de grandes potencias y esferas de influencia. 


Frente a Washington, Pekín e incluso Moscú, la capacidad alemana de influencia depende hoy en buena medida de actuar dentro de la UE. Fuera de la Unión, Alemania se ve aún más pequeña de lo que ya es hoy.


Ahí reside quizá la gran farsa histórica. Los nazis de los años treinta pretendieron construir un imperio alemán y desencadenaron una guerra mundial para conseguirlo. Sus imitadores ideológicos del siglo XXI invocan nuevamente la nación soberana en un momento histórico en que la nación alemana, por sí sola, ya no puede ser una potencia mundial.


La historia no es una simple repetición. Y precisamente por eso conviene estudiarla. El peligro de la extrema derecha actual no consiste en que vaya a reconstruir exactamente el Tercer Reich, con sus SA, sus SS, sus conquistas territoriales y su Estado racial. Consiste en utilizar algunos fantasmas de aquel nacionalismo para responder a problemas completamente nuevos. La primera vez terminó en tragedia. La segunda es una farsa. Pero las farsas políticas, cuando movilizan a millones de personas, también pueden producir consecuencias muy serias.

 

La primera como tragedia, la segunda como farsa

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