El trabajo que anhelamos y maldecimos

La relación que mantiene la sociedad actual con el trabajo es contradictoria y desesperante. Desde hace ya muchas décadas los avances en la tecnología de la producción tenían que haber conllevado una drástica reducción de la jornada laboral al menos a la mitad de horas. La sociología estimaba que para finales de los años sesenta, en los países desarrollados, la jornada laboral podía establecerse en 20 horas semanales. Luego vino la crisis financiera de 1971 y la energética de 1973, y la consecuencia casi inmediata fue ajustarle las tuercas a las asalariados. Se preparó así el asalto al estado por parte de los neoliberales, que consumaron con su llegada al poder en Gran Bretaña y los EE.UU. en 1979 y 1981.

Los avances en la robótica y la informática continúan. La producción de mercancías para el mercado mundial está robotizada de manera creciente y masiva. En EE.UU. desde 1900 a la actualidad la población dedicada a tareas agrícolas se redujo del 40% al actual 2%, lo que no obsta para que siga siendo la primera potencia agrícola en muchos productos, gracias a la aplicación de la automatización entre otras razones (química, etc). Y tras la segunda guerra mundial EE.UU. pasó de tener un 41% de población empleada en el sector industrial a tener hoy menos del 20%. La pérdida de población industrial está asociada también a las deslocalizaciones, pero sobre todo al efecto generado por el desarrollo de la robótica e informatización del proceso productivo, las nanotecnologías y biotecnología. Los datos norteamericanos son extrapolables al conjunto de países de la OCDE (http://www.oecd.org/centrodemexico/laocde/), y desde luego al conjunto de la UE. Estos procesos han impulsado la productividad en todos los sectores económicos a cotas estratosféricas. Cada año millones de trabajadores son expulsados del trabajo pero la productividad aumenta de forma exponencial. En EE.UU en 2004, mientras un millón de trabajadores abandonaron el mercado laboral, la productividad laboral aumentó un 4,7% (El fin del trabajo, J. Rifkin) En Gran Bretaña, en 1950 la hora de trabajo generaba una productividad media de 7,8 dólares, mientras que décadas después esa hora generaba 28,7 dólares (al valor de 1990). (A.Maddison, The World Economy. A Millennial Perspective). La estimación que hace Jeremy Rifkin para 2050, es que sólo se necesitará que trabaje el 5% de la población adulta para todo el sector industrial. “Las granjas, fábricas y oficinas casi sin personal serán la norma en todos los países”.

Los datos al respecto son fáciles de encontrar desagregados por países, regiones, continentes, etc. Todo nos lleva a la misma conclusión. Se produce mucho más con mucha menos mano de obra. La gente se pasa la vida yendo a trabajar, por lo general a ocupaciones que no le satisfacen ni le interesan, o bien se encuentran en el lado de los que no tienen trabajo, y se pasan la vida buscándolo para desempeñar oficios que sólo les interesa por el valor monetario que le reporta. Finalmente, entre ambos, o formando parte de los dos tipos, se encuentran los que tienen miedo a perder el trabajo o miedo a no encontrar un trabajo, viviendo en esa angustia vital la mayor parte de su vida.


Nos encontramos entonces en ese dilema de no querer trabajar cuando trabajas, y querer trabajar cuando no trabajas. De ninguna de las maneras nos encontramos desalienados. Hoy suena de loco decir que el trabajo no nos interesa, porque la situación se ha puesto tan dramática que hemos llegado al punto de ser completamente dóciles en este punto. Estamos dispuestos a coger lo que nos quieran dar, al precio que mejor les convenga. Por ello le daremos las gracias. Pero justo en ese momento ya comenzaremos a maldecir las penurias que el desempeño de ese trabajo nos produce. Agotamiento, repetición, estrés, cambio de humor, salario de miseria. En suma, insatisfacción. Paralelamente la productividad seguirá creciendo de manera imparable, y el trabajador contribuirá a ello, pero luego no recogerá los dividendos del esfuerzo. El capital lo devora. Engulle a sus peones y sale fortalecido después de cada panzada. Todo esfuerzo que aumenta la productividad se vuelve inmediatamente contra el trabajador que lo lleva a cabo. Los descubrimientos científicos-tecnológicos retornan como un bumerán contra los asalariados. Si no es porque el diablo no existe se podría pensar que está detrás de todo esto.

Clasismo, nacionalismo y posmodernidad

Una de las claves de bóveda de cierto pensamiento posmoderno (aclaro que hay posmodernos para todos los gustos y que no se puede hacer una lectura reduccionista de esas posiciones) estimaba que dos de las ideas fuerza del pensamiento moderno habían pasado a la historia. Una era la idea de clase social. Decía que la clase media llegó para sustituir a la sociedad fracturada en clases antagónicas y que, en consecuencia, si en el pasado eran pertinentes los análisis de clases, y con ellos las políticas que ponían el acento en la clase social, ese tiempo ya no estaba entre nosotros. No cabe duda que tal análisis enterró precipitadamente la cuestión de la clase social, y que hoy, tras ocho años de crisis económica con sus respectivas secuelas, nadie duda de la existencia de una sociedad fracturada en clases. Warren Buffet, el mayor accionista y director ejecutivo de Berkshire Hathaway, poseedor de una fortuna personal estimada en 74,000 millones de dólares, dijo en 2011, “la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando”. Estaba siendo mucho más claro que los teóricos sociales que inventan teorías para difuminar la realidad, subvencionados, en algunos casos, por las generosas donaciones procedentes de gente como Warren Buffet. No cabe duda que la clase sigue existiendo, aunque muchas características de su composición hayan sido transformadas por los avances de la tecnología, las deslocalizaciones industriales y la terciarización de la economía. Los millones de proletarios (industriales) que han desaparecido de Europa, los encontramos de manera multiplicada en China, India, México, Brasil y otros tantos lugares. Aunque si bien la clase no ha desaparecido, la conciencia de clase sí lo ha hecho, al menos en el primer mundo. Pero el primer mundo no es todo el mundo. El eurocentrismo muchas veces ha terminado por confundir a los científicos sociales, incluidos los padres fundadores de la sociología.

La otra idea fuerza que ciertos posmodernos creían que había sido superada por la era posmoderna era la de nación, y con ella el nacionalismo. Dijeron que la época de los estado-nación llegaba a su fin, y formas superiores de organización política vendrían a sustituirlos. Se arguyó que la construcción de bloques regionales al estilo de la UE anticipaban el final de las naciones y de los nacionalismos. Esta apreciación fue tan apresurada como la señalada anteriormente. Los nacionalismos no han desaparecido y los estados-nación tampoco. Ambos se han fortalecido incluso en la propia UE. Los símbolos nacionales nos rodean por todas partes. La banderas ondean en multitud de edificios, los espectáculos deportivos alardean de nacionalismo, las televisiones, la escuela, los periódicos y las radios continuamente usan lenguaje nacionalista para analizar la realidad. El nacionalismo difuso está en todas partes, es lo que Michael Billing llamó El nacionalismo banal (1993). Incluso, no es sólo en los estados-nación en donde el discurso nacionalista está a la orden del día. También en las naciones sin estado, tal como nos muestran los casos de Cataluña, Euskadi, Escocia, Lombardia, Valonia, Canarias, Baviera, Bretaña, Occitania, Gales, Irlanda del Norte y tantos otros. Por no nombrar las naciones que se convirtieron en estado-nación tras el final de la guerra fría, tales como Eslovaquia, Eslovenia, Lituania, Estonia, Letonia, Bosnia, Croacia, etc. y que desdecían desde principios de los noventa el discurso del fin de los nacionalismos.


De momento, por tanto, ni la clase ni la nación han pasado a mejor vida, lo que nos lleva a la cuestión de cómo interpretar ambas en el mundo posmoderno. Parece que tienen una vida espléndida y estarán entre nosotros, incluso cuando nosotros ya no estamos aquí para testimoniarlo. Si bien la clase está en horas bajas en cuanto a la conciencia que de la misma tienen los concernidos, no pasa igual con el nacionalismo. Este se encuentra en buen estado de salud. Y no está mal que así sea. Los procesos de concentración de poder por arriba, en los que los estados-nación ricos se alinean con el capital financiero y las grandes superestructuras mundiales (FMI, BM, OCM, etc.), debe tener como contrapoder, además de a la ciudadanía global, a las naciones sin estado, y los estados-nación de los pueblos emergentes, como de hecho sucede en muchos países latinoamericanos en la actualidad. La posmodernidad es también la defensa de la diferencia y de los distintos, por eso se ocupa de los derechos de las mujeres, de los inmigrados, de las minorías sexuales y de las minorías nacionales que  son entre otras preocupaciones, piezas claves para profundizar la democracia y las políticas del bien común.

XX aniversario de la creación de Intersindical Canaria y los nuevos retos del sindicalismo en el presente

Hace 20 años que un grupo de sindicatos nacionalistas (SOC, STEC, CANC, CCT) conformaron Intersindical Canaria. Aquellos cuatro sindicatos eran la evolución de organizaciones anteriores que habían nacido al final del franquismo. Fueron los protagonistas de las principales luchas sindicales en el momento de la transición. Los pormenores de las andanzas de cada grupo está por escribir. Entonces el movimiento obrero insular estaba a la ofensiva conquistando derechos laborales y sociales, mejoras en el puesto de trabajo, subidas de salarios como nunca antes había ocurrido. Algunos de los hitos más importantes de estos procesos los estudié en Tenerife en Rojo. Luchas obreras durante la transición democrática 1975-1977. La investigación debe seguir avanzado y otros episodios ser desvelados y analizados. Es preciso el compromiso de investigadores y de sindicalistas para colaborar en la construcción del archivo de la transición, que aún incompleto, se custodia en la biblioteca de Guajara de la Universidad de La Laguna.

El sindicalismo nacionalista ha formado parte del ADN del movimiento obrero canario desde sus orígenes a finales del XIX. En aquel tiempo se pensaba que la liberación de los pueblos y de los individuos formaba parte de un mismo proceso, de ahí que en sintonía con lo que ocurría en otros territorios (Cuba, Filipinas), el anarquismo y el sindicalismo nacionalista andaran de la mano. La idea la simbolizó aquí Secundino Delgado. El obrerismo libertario no dudó de la simbiosis de ambos procesos, lo animó y promocionó con distinto éxito en diversos pueblos del mundo. 

Canarias, sociedad premoderna, sometida a una metrópoli que ella misma era premoderna, vio la primera experiencia libertaria y nacionalista truncada por el enorme peso del caciquismo insular, el analfabetismo de los campesinos, la pequeñez numérica de la clase obrera, y lo reducido de la intelligentsia, que además en buena medida se veía forzada a la emigración de manera recurrente, igual que el resto de sectores sociales. De tal forma que las posibilidades de que madurase algo parecido a lo que pasó en Cuba o Filipinas eran bien remotas. No fue hasta la irrupción de luchas laborales a principios de los sesenta cuando volvió a reverdecer la idea, poniéndose las bases del sindicalismo de clase y nacional canario. 

Tras 1973 se forjaron distintas organizaciones, primero de manera clandestinas y luego legales, para surcar el terreno del sindicalismo nacionalista. La experiencia que arranca a mitad de los setenta ha sido la que ha tenido una mayor proyección histórica y social. El sindicalismo nacionalista, que de manera mayoritaria representa IC, sin olvidar la existencia de otras organizaciones menores, no siendo la mayor central sindical de Canarias, sin embargo, está presente con fuerza en los sectores estratégicos de la economía en las islas. Transporte, puertos, sanidad, educación y turismo, son espacios en los que IC juega un papel destacado. 

Desde la creación de IC en 1994 hasta la actualidad muchas cosas han cambiado en el mundo sociolaboral y político. En consecuencia, el papel de los sindicatos también se ha visto modificado por tales hechos. De manera paulatina el mundo de las relaciones laborales ha dejado de estar presidido por el trabajo estable, con jornada regulada, salario en progresión, y derechos sociales asociados al welfare state. En tal modelo, combatido por el neoliberalismo desde mediados de los ochenta, el sindicato jugó un papel central para la mejora de las condiciones de vida del conjunto de la población trabajadora. El sindicato era una fortaleza siempre en guardia contra los intentos de recorte de derechos. Una masa estable y amplia de trabajadores con conciencia de clase lo garantizaba.

Pero el avance del neoliberalismo con sus secuelas de deslocalización industrial, financiarización de la economía y precarización del puesto de trabajo cambió completamente las reglas del juego, y las relaciones de fuerza entre el capital y el trabajo. El capital recuperó el terreno que había perdido durante los decenios anteriores, y volvió con fuerza para establecer un modelo neoliberal de alcance mundial, que debilita a las organizaciones sindicales nacidas en el contexto de la segunda revolución industrial. El problema central ahora consiste en saber darle una nueva orientación a la política sindical, para que siga siendo efectiva en la defensa de los intereses de los asalariados. 

Los gobiernos emiten leyes que favorecen la desregulación del mercado laboral, los altos índices de desempleo producen bolsas enormes de reserva de mano de obra, que tiran hacia abajo del precio del trabajo. La competencia por conseguir empleo debilita la conciencia de clase y genera mecanismos de dumping entre los mismos trabajadores. Los partidos mayoritarios de izquierda se han mudado al neoliberalismo, y en la escala UE se alían con los conservadores y los liberales a las órdenes de los poderes financieros y de los grandes lobbies industriales. El último gran episodio a este respecto es la negociación en secreto del TTIP, defendido por la socialdemocracia como el que más. En tal contexto el mundo sindical debe trazar nuevas estrategias y propuestas. Dentro de ellas debería ser primordial la demanda de una Renta Básica de Ciudadanía, que garantice mínimos vitales a todos los ciudadanos, y que ayude a fortalecer la posición de fuerza del mundo del trabajo. Partiendo de un salario mínimo de ciudadanía, se podrá resistir en mejores condiciones el abuso que supone los trabajos precarios con salarios bajos. Otra idea fuerza tendrá que ser la que propone el reparto del trabajo y la reducción de las jornadas laborales, tal y como los sociólogos del trabajo vienen reclamando hace mucho tiempo.


Por supuesto que los sindicatos deben revisar su relación con el Estado, su dependencia respecto del mismo, reencontrarse con la democracia de base, desterrar el burocratismo, y abrirse a nuevos sectores sociales, que por las características del mercado de trabajo en el mundo neoliberal, no necesariamente están insertos como trabajadores reglados. Igual que entre los sesenta y los setenta se reinventó el mundo sindical en el Estado español y en Canarias, ahora es tiempo de pensar el sindicalismo con nuevas claves, porque corremos el riesgo de descubrir que tras el neoliberalismo lo que se esconde es el feudalismo.

¿Por qué se usa Canarias para defender los intereses de Francia en África?

¿Por qué se usa Canarias para defender los intereses de Francia en África?

El ejército español ha tomado el mando de las operaciones en Malí, dando un relevo mediático a los franceses en el escenario. Pero esto no puede ser contemplado más que como una aventura irresponsable del gobierno español. España no tiene intereses en Malí. Francia sí. España va a operar como gendarmen francés en una zona que es territorio sometido a las políticas neocoloniales de la france- afrique

El france-afrique es una sistema de dominación que ha mantenido Francia desde 1960 en adelante, al objeto de tener sometida a sus antiguas colonias. Para ello ha promovido y llevado a cabo golpes de estado, asesinatos múltiples, fabricado corruptelas y apoyado a regímenes odiosos en todos estos países. Sería interminable relatar todas las atrocidades, ilegalidades y desmanes acometidos por los franceses en África con el objeto de mantener su poder y la defensa de sus intereses. Desde Marruecos hasta Madagascar desde Senegal hasta Sudán, los franceses han hecho de este continente el soporte inexcusable de su bienestar y de su posición privilegiada entre las potencias del mundo. Sus fábricas, automóviles, luz eléctrica, petróleo, y todo lo que tiene que ver con la producción moderna es extraído de África a coste irrisorio. También un lugar usado profusamente para evadir capitales de la metrópoli, blanquearlos y reenviarlos a paraísos fiscales de todo el mundo.

En el caso concreto de Malí los franceses derrocaron al presidente socialista Modibo Keita en 1968 y sumieron al país en un dictadura que duró 27 años, encabezaba por Traoré, quien amasó una fortuna considerable, gracias a las “ayudas al desarrollo” que recibía de Francia. Cuando Traoré dejó de interesar fue depuesto por un golpe de estado, auspiciado por Francia y sustituido por Toumani Touré, quien dio paso a Omar Konaré, miembro del Alto Consejo de la Organización Internacional de la Francofonía, y doctor Honoris Causa por la Universidad de Rennes 2 Haute Bretagne. Konaré cumplió a pies juntillas las recomendaciones del FMI para Malí y terminó sumiendo al país, en una miseria aún peor de la que procedía. En 2002 fue sustituido por Toumani Traoré, que continuó con las políticas del austericidio. Acusado de ejercer un gobierno autoritario es depuesto en 2012 por un nuevo golpe de estado, y tras un gobierno interino asume el poder el actual presidente Boubacar Keita. Este presidente apoyado por Francia, como todos los anteriores, excepto el primero, anunció a principios de julio de 2014 la firma del acuerdo de defensa entre Francia y Malí, que da una base jurídica para la presencia militar francesa permanente en territorio maliense.

Malí es un país muy rico en oro, el tercero de África, y tiene una frontera de más de 850 km con Niger, país que atesora inmensas reservas de uranio, que son las que proporcionan a Francia el 30% de dicho mineral para alimentar sus 58 centrales nucleares, y toda su red energética. Malí también atesora en su subsuelo uranio, diamantes, hierro, bauxita, manganeso y otros minerales que aún no han sido explotados. Hay expectativas más que fundadas de que su subsuelo contenga petróleo. Además, Francia es el primer proveedor comercial de este país africano de inmensas riquezas naturales, y de enormes miserias humanas. Según datos de la BBC, el 60% de sus quince millones de habitantes vive por debajo del umbral de la pobreza, y la esperanza de vida no supera los 54 años.


Así que los intereses franceses en su ex colonia están claros. ¿Pero que hace España ahí? ¿Una política exterior quijotesca? Dice el Ministerio de Exteriores en su web que “La crisis de Malí ha traído a un primer plano la existencia de múltiples y graves desafíos en el Sahel. La actual situación supone una amenaza para España, la Unión Europea y nuestros intereses comunes (…) José Manuel García-Margallo, (dice que) Malí puede <desestabilizar el norte de África> y provocar que Europa tenga <una frontera con Al Qaeda en el mar Mediterráneo> (…) Además el terrorismo que golpea directamente a otros países de la zona como Mauritania y Nigeria, y sus posibles repercusiones directas o indirectas en Europa, otros intereses de la UE en el Sahel son frenar la inmigración clandestina, la seguridad de los principales proveedores de energía como Argelia o Libia -limítrofes con el Sahel- o los intereses comerciales.” 

Enrevesado argumento para esconder una vulgar política del pillaje. Y todo ello a costa de implicar a nuestras Islas en esa truculenta historia, porque se ha hecho un uso inadecuado e intensivo de las infraestructuras aéreo-portuarias insulares (Gran Canaria, Tenerife), a la vez que se llevan a cabo ejercicios de entrenamientos de tropas europeas y africanas (Fuerteventura) destinadas al conflicto. La irresponsable política exterior española en la zona, al dictado de los intereses franceses y de la OTAN, pone en peligro a la población civil en las islas, y nos sitúa como plataforma logística del rejuvenecido imperialismo occidental. No fue este el mandato del pueblo canario cuando en el referéndum sobre la OTAN en 1986 votó en contra de la permanencia en la misma. La demanda del entonces movimiento antimilitarista y por la paz, de convertir a Canarias en lugar de encuentro y cooperación en vez de santuario para operaciones militares contra los pueblos vecinos, sigue siendo pertinente. La reclamación de un estatuto de neutralidad para el Archipiélago debería formar parte de la agenda de los partidos políticos que se reclaman favorables a los derechos humanos, y contra las agresiones neocolonialistas.

La oportunidad que nos brinda Cataluña

La oportunidad que nos brinda Cataluña

El proceso abierto en Cataluña cuya reclamación principal es el “derecho a decidir”, y no la independencia, como afirman los medios de comunicación y las fuerzas políticas del españolismo, puede traernos ventajas evidentes al resto de los ciudadanos del estado. La primera de todas ellas es mejorar la democracia, que tan mala salud tiene en estos tiempos. En el pasado fue la reclamación de autonomía de Cataluña (y del País Vasco) la que abrió la vía a la descentralización política, que en aquel entonces fue denostada por la derecha española, y que a día de hoy a todo el mundo le parece fantástica. Si las fuerzas del inmovilismo ganasen siempre aún estaríamos en las cavernas, de hecho algunos lo están.

La segunda ventaja que tendría el éxito de la reclamación catalana sería la de llevar al estado una profunda remodelación, incluyendo como posibilidad derivada la apertura del debate sobre la forma-estado. Es decir, podría ayudar a que en las otras nacionalidades, incluyendo la mayoritaria (española), se instale en la agenda el asunto de si es conveniente seguir con el modelo de monarquía parlamentaria, o vendría mejor decantarse por un proceso constituyente que vislumbre la forma republicana como una opción viable y deseable. A este respecto es preciso recordar que, en la historia contemporánea española los procesos de federalización o confederalización vinieron acompañados, y retroalimentados, por derroteros republicanos.

La tercera ventaja asociada a la autodeterminación de Cataluña, podría tener la virtud de fomentar la impugnación del modelo neoliberal. Cataluña como referente de nuevas políticas más justas y solidarias, que combatan el dogma que lleva a amplias masas de ciudadanos a situaciones de desesperación, y acrecienta la tasa de explotación sobre la población trabajadora como si hubiésemos regresado al siglo XIX. Por la actitud del movimiento de masas en Cataluña, y por la implicación de los sectores populares, el proceso abierto no será, tal y como anuncian los voceros del españolismo, una reproducción del neoliberalismo a una escala menor. La mayoría de las fuerzas en liza refutan el dogma neoliberal, con la misma energía con que cuestionan el dogma de “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Infame artículo constitucional impuesto en 1978 desde instancias superiores, tal como recogió en sus Memorias el ponente constitucional Jordi Solé Tura. 

Independientemente de lo que difunde el altavoz mediático del españolismo y del neoliberalismo, ninguna de esas dos vías son imponderables de la historia. Son sólo estrategias de dominación contingentes. La voluntad, la lucha y nuevas estrategias, también contingentes, las desplazarán, para posteriormente ser desplazadas también ellas mismas.

Coincidiendo con el asunto catalán, nuevas correlaciones de fuerzas se fraguan en el estado, y una ciudadanía activa y comprometida se dispone a entrar en escena. En las Islas la mayoría de la población impugna la errática política de connivencia del gobierno del PP con la multinacional REPSOL. Aquí nos sumados también a la ola de cambios que reclama, entre otras muchas cosas, el “derecho a decidir”.

El interés del PP en el petróleo “canario”

El interés del PP en el petróleo “canario”

El interés de los gobiernos españoles por el tema de las prospecciones tiene una larga historia. La búsqueda de petróleo y gas se exploró durante el franquismo en los territorios coloniales que entonces tenía España. Desde 1960 se comenzaron a llevar a cabo exploraciones en las distintas colonias, sin que se llegase a buen puerto. No fue hasta 1984 en que Guinea Ecuatorial, que había dejado de ser colonia en 1968, descubrió y comenzó a extraer petróleo.

Aunque entonces el petróleo había desbancado al carbón como la primera fuente de energía, tenía unos precios muy baratos en el mercado mundial. En la década de los sesenta el barril oscilaba alrededor de los 1,80 dólares. Tras la crisis del 73 subió hasta los 3,29 dólares. Tras la segunda crisis petrolera de 1979 se colocó en los 30 dólares. Y así con diferentes vaivenes ha ido escalando precios hasta los 100 dólares de media en la actualidad. Los distintas oscilaciones muchas veces tuvieron que ver con asuntos políticos (guerra del Yom kippur de 1973, revolución islámica en Irán de 1979, inestabilidades geopolíticas, caída del bloque oriental, etc), en otros casos intereses concertados entre las compañía petroleras (el conglomerado conocido como las 7 hermanas, Exxon, Mobil, Shell, BP, Chevron, Texaco y Gulf) y los países productores, algunos miembros de la OPEP y otros no.

Ese escenario histórico se ha visto modificado en parte por nuevas concentraciones de las corporaciones, cambios geopolíticos en las zonas productoras (Oriente Medio, El Caribe, África Occidental y el Cáucaso exsoviético) y por el agotamiento de los recursos petroleros a nivel mundial. El estancamiento y caída de la producción viene refrendada, a pesar de los nuevos alumbramientos, como pudiese ser el que tiene previsto Repsol en aguas cercanas a Canarias, por el hecho de que el consumo mundial de petróleo asciende a los 30.000 millones de barriles anuales, mientras que las nuevas exploraciones sólo alcanza hasta los 4.000 millones de barriles anuales (datos de 2006). Para 2013 la OPEP estimó que los países miembros de su organización habían incrementado la producción en un 0,1% en relación al 2012, pero la demanda aumentó en un 1,2%, lo que pone de manifiesto que cada año el consumo aumenta mucho más que los nuevos recursos encontrados y puestos en explotación. A este desfase, que alumbra el agotamiento de este importante recurso, se le suman dos problemas relevantes. El primero es que nos queda por consumir lo mismo que hemos consumido hasta ahora. El segundo es que se han ido incorporando masas ingentes de consumidores de petróleo (China, India, América Latina, importantes zonas de África y de Asia), que provocarán la aceleración del agotamiento del recurso en mucho menor tiempo que en el siglo largo en que Europa Occidental y EE.UU han consumido, aproximadamente, la mitad de las reservas mundiales.

La consecuencia que se destila es que el petróleo será disputado palmo a palmo en cada rincón del planeta. En este contexto el interés del gobierno español está enmarcado por el hecho de que desde 2001, y siguiendo la directriz de Aznar de sacar a España del rincón de la historia, la búsqueda de petróleo y la participación en las alianzas militares occidentales son claves para insertarse como país “importante” en los distintos escenarios de la arena internacional. Si la guerra por el petróleo marcará las disputas de los años venideros, el hecho de poder contar con una “multinacional petrolera cercana”, ayuda a ubicar a España en el tema de principal controversia mundial, de aquí hasta el cambio de modelo energético, o hasta el final del mundo conocido, que acaecerá tras una conflagración mundial entre EE.UU./UE de un lado y las potencias eurasiáticas del otro (Rusia, China, etc.). 

España lo que hace con la promoción de las prospecciones en aguas cercanas a Canarias, o con el fracking en la Península, es tratar de posicionarse en la disputa geopolítica y energética mundial. Las fuentes de energías no renovables son el verdadero talón de Aquiles de las potencias occidentales, porque siendo los países que mayor nivel de consumo tienen son los que menos recursos energéticos fósiles atesoran. De ahí que la diplomacia occidental haya sido sustituida por la política de guerra e injerencia en una acción exterior creadora de “caos controlado” (Oriente Medio y norte de África), y de abierto desafío a Rusia y China (Ucrania y las tensiones en el mar de China). Ya decía Keynes  en 1920 que la paz no puede ser duradera en situaciones de crisis económica, y Robert Kagan (influyente intelectual de las elites norteamericanas) en su obra, El retorno de la historia y el fin de los sueños (2008), que la competencia por los recursos energéticos influirá en los conflictos geopolíticos. La lucha entre las democracias occidentales y las autocracias orientales está servida, según dicho autor.

España quiere jugar esa partida, y por eso sus estudios geoestratégicos, calcados en estilo de los norteamericanos, señalan que los intereses vitales de España se encuentran también en la llegada fluida y sin interrupciones del oro negro procedente del África Occidental. De momento de los países del gran golfo de guinea (desde Nigeria hasta Angola), pero ampliando perspectivas de que pueda ser también desde Mauritana, Marruecos y, claro está, de los mares cercanos a las Islas Canarias. Ahí radica el problema central sobre las prospecciones, y el interés impostergable que para el gobierno del PP tiene llevarlas a cabo, aunque con ello de la espalda a la ciudadanía de la Islas.

Coalición Canaria no da la talla

Coalición Canaria no da la talla

Es una lástima que, tal y como se está poniendo el panorama político, CC no se atreva a hacer un poco de política a lo grande. Quizá esté en su ADN el no hacerlo. En la tradición de CC se reconoce perfectamente la vieja política de negociación en las sombras. Ya lo hacían  los “prohombres de orden” en el siglo XIX, cuando iban a “las Cortes” a negociar el reparto de poder en las Islas. Esa política de segundo nivel, sin dar una voz más alta que otra, sin arruinar la “concordia nacional”, sin voluntad de transgredir los dictados del poder central, parece ser su santo y seña.

Será difícil que CC pueda encontrar un momento histórico semejante a este, en el que llevar a cabo un salto de gigante en la conquista de poder político para las Islas, que integre reivindicaciones no resueltas por el actual estatuto, como es el tema de las aguas jurisdiccionales, la elección democrática de un modelo energético alternativo, y la plena reivindicación del control sobre los puertos y aeropuertos de las islas.

Aún no sabemos en que consiste el nacionalismo de CC, si es que es tal cosa. Porque si fuese nacionalista su visión estratégica tendría que llevar implícito la conquista de los tres elementos anteriores. Nada tiene que ver con exigir la independencia atender a las particularidades geopolíticas de un territorio. El pulso del gobierno del PP al conjunto del pueblo canario debería ser aprovechado por un partido que se reclama nacionalista, para ahondar sin vuelta de hoja en una propuesta de sumas de soberanías (energética, alimentaria, territorial y política) que acelere la profundización de la democracia.

La muestra de arrogancia del poder central con las Islas en el asunto del petróleo no tiene parangón en la etapa autonómica. Tendríamos que remontarnos a principios de los setenta, cuando el monopolio estatal de Tabacalera arruinó el sector en las Islas en beneficio  propio, para ver algo similar. En aquel entonces, aún bajo la dictadura, no había autonomía, ni un gobierno que se llamase nacionalista a su cabeza, que saliese en defensa del sector tabaquero insular. Pero hoy sí lo hay, al menos nominalmente. Y la verdad que la sensación que da es que, en realidad, no parece que haya nada parecido a un gobierno nacionalista que salga en defensa de este territorio.

Para defender Canarias del atropello al que la está sometiendo el gobierno central, con su  defensa a ultranza de la multinacional Repsol, es preciso impulsar políticas de altura. Llevar el nivel de confrontación político unos cuantos grados más altos de lo que hace CC. No basta apalancar las respuestas en el ámbito judicial. El sistema judicial es muy lento y, desde luego, no es independiente. Tendría que implicar mucho más a la ciudadanía en el debate y en la crítica al neocentralismo de la derecha española. Debería ¿por qué no? junto a la politización general de la sociedad, derivar el asunto a la arena internacional, y pensar la política teniendo el objetivo puesto en la consecución de nuevos espacios de soberanía y de democracia.

Sinceramente, en todo ello, Coalición no da la talla.

Canarias 2030: una distopía colonial

Imaginemos un escenario que hoy parece improbable, pero que podría construirse a partir de decisiones políticas perfectamente reconocibles. ...