¡Bienvenidos!, cuarenta años después

  En diciembre de 1982 el Rock&Rios llegó en su gira a Canarias tras un parón de dos meses. Una cortinilla de lluvia caía a ratos ese día en Santa Cruz. La cola por fuera del estadio de fútbol era larga. Centenares de jóvenes nos apiñábamos esperando el turno de entrada. Había tenido la prudencia de llevar puesto un largo abrigo gabardina que me llegaba hasta las rodillas. Una preciosa melena ondulada, al decir de mi madre, me cubría hasta los hombros. Todo el mundo parecía colega de todos. Los cigarritos te llegaban sin saber exactamente de dónde. Ya en el interior, pateando el césped del campo, la gente alegaba esperando que por fin comenzara el concierto. Cuando se encendieron las luces del escenario comenzó a sonar el primer tema: “Buenas noches/ bienvenidos /hijos del rock’n’roll/los saludan los aliados de la noche/ Bienvenidos al concierto/gracias por estar aquí/vuestro impulso nos hará seres eléctricos”. Una banda enorme y compacta nos sumía en el poderoso sonido de un concierto de rock en directo.

Aquel espectáculo ponía fin a un año emocionante y tenso. Aún los rugidos de los sables se escuchaban en los cuarteles. En el año anterior un golpe de estado se había llevado a cabo. A día de hoy no se conocen todas las implicaciones que tuvo el 23 de febrero de 1981. Pero el deseo de la gente, al menos de la mayoría de la gente y, desde luego, de la gente joven era iniciar una nueva era. La edad de los asistentes para los conciertos de esta gira oscilaban entre los 15 y los 40 años. Deseosos de todo lo nuevo, las letras nos interpelaban directamente: “Abrir vuestras mentes/llenaros con un soplo de Rock/que desalojen los fantasmas cotidianos”. 

La gira del Rock&Rios comenzó en el mes de marzo en Madrid, los discos salieron en mayo a la venta, y todo quisque tenía la cinta grabada y la reproducía en aquellos casetes que hoy ya no existen. La TVE emitió en mayo, o por ahí, el concierto de Madrid. El tiempo del cambio. “Este es el tiempo del cambio/el futuro se puede tocar”. Al escribirlo lo rememoro muy vivamente. El PSOE arrasó en las elecciones de octubre de 1982. Diez millones de votos desterraron a las derechas franquista a una esquina del Parlamento. Alianza Popular, el partido matriz de PP y VOX, había pasado a la irrelevancia. Los temas tenían letras comprometidas y avanzaban preocupaciones que entonces no se adivinaban bien pero que ya las teníamos encima. “Dicen que el fin del milenio/ aumentará el mogollón/si no ponemos remedio hoy/tendremos hambre, palo y polución”. Cantábamos al unísono y a garganta pelada todas las letras, aunque nuestras voces quedaban apagadas por la potencia del sonido. Pero acompañábamos a Miguel Ríos: “Esta es la era de Mister Chip/micro ordenador de tu porvenir/que por lo pronto te quita el curro/además de ser tu ficha sin fin”. Ya flipábamos con eso. Estado policial del futuro. Y nosotros aún metidos en el estado policial del fascismo, que a pesar de todo, de los diez millones de votos, de la derrota electoral de la derecha, seguía ahí. El fascismo de los jueces, de la policía, de la guardia civil, de los militares, de los curas, de los medios de comunicación. Los militares felones siempre han mandado en España, y todo el mundo era muy consciente de ello. El Capitán  General de Canarias de entonces era un fascista y felón con todos los galones. Sus grandes hazañas habían sido luchar en el frente del Ebro matando españoles y, después, en la División Azul, bajo mando nazi, matando rusos. Curriculum implacable.

Éramos muy jóvenes y sentíamos más que pensábamos. Algunas lecturas iniciáticas nos daban gasolina para cualquier cosa en donde estuviéramos metidos. El marxismo de Los principios elementales del materialismo histórico de Marta Harnecker, había sido la primera lectura que hice sobre Marx. Una reducción escolástica del pensamiento de don Carlos. Creo que esa lectura aquí fue posible, sobre todo para los estudiantes que habían cursado el bachiller en La Laguna, gracias a lo profesores de izquierda que había en el instituto. En mi entorno los colegas se lo habían leído. Y entonces hablábamos de marxismo como si lo manejáramos. No era extraño, al fin y al cabo, en la Unión Soviética muchos doctos de la Academia de Ciencias de la URSS no iban más allá de esa manera tan empobrecedora de pensar a Marx. También nos debatíamos con Carlos Castaneda y Las enseñanzas de don Juan, aquel libro que relataba el pensamiento místico de un indio yaqui de Sonora (Mexico) que decía que era brujo y nagual. Era la versión por aquí de la revolución contracultural de las décadas anteriores. ¡De aquellos potajes estos antivacunas!

Con las letras de Miguel Ríos sintonizábamos fácilmente: “No era la generación límite/aún creíamos en bellos sueños”. El truculento pasado no había dejado entrar la luz. “Pero en este país el hada apenas llegó/Grises, palos, carreras, los bien pensantes no bailan rock/Apagas la tele y suena al fin el himno nacional”. ¿Cómo dejar todo eso atrás? Buscando un nuevo sueño, decía la letra. Pero el nuevo sueño pronto comenzó a hacerse añicos. No lo sabíamos en ese momento, pero el PSOE ya había guardado sus grandes ideas de campaña en la gaveta. El concierto de Miguel Ríos daba pistoletazo de salida a la modernidad tardía en España, y a lo que se denominó más tarde como el gran desencanto. Los socialdemócratas devenidos social-liberales tuvieron mucho que ver en ello. En poco tiempo íbamos a comprender qué significaba el slogan de campaña: “OTAN, de entrada no”. La primera gran mentira que dejaba en la estacada a una amplía mayoría de la ciudadanía, que hacía poco tiempo había dado un respaldo masivo al PSOE.

El concierto nos había metido nueva energía en el cuerpo con los temas ya clásicos de Banzai, ¡contra la violencia y marginación, banzai!, y el “El Rocanrol es un bumerang/ descarga su energía aquí/me da su fuerza para vacilar/el Rock es un bumerang/por eso siempre volverá”.

No dejó de chispear en toda la noche, y al salir del estadio seguía resonando en los odios de todos nosotros el rock cargado de decibelios que terminábamos de escuchar. Pedíamos la luna, aunque estábamos dispuestos a conformarnos con menos, porque éramos conscientes de que: “pensar en un lote nuestro/es utópico y de ciencia ficción”, pero veíamos urgente “cambiar el sistema/entramos en la cuenta atrás/si no ponemos remedio/el ser humano nunca vencerá”. Y míranos ahora, el pasado nos atrapó y el fascismo salió de la esquina del año ochenta y dos.


Santa Cruz a lo suyo

Santa Cruz vive en el limbo de la memoria. El dictador sigue en su pedestal, la gran cruz de los caídos da la bienvenida a la ciudad. Weyler sigue en donde siempre. Los últimos de Filipinas están en la cartografía urbana. La ciudad marcada con la sangre del colonialismo y el fascismo es incapaz de afrontar su pasado. Y los de siempre, tras unas breves vacaciones, volvieron a coger el bastón de mando. Es imposible ajustar cuentas con el pasado, y los demócratas, con dos palmos de narices, no tienen historia que contar. Por eso les propongo leer esta historia ocurrida a miles de kilómetros de distancia. El texto fue recopilado por Ryszard Kapuscnki en su libro Sha.

"Se  trata de  una  entrevista  hecha  por  un  reportero  del  diario Kayhan de  Teherán a un  hombre  que destacó en la tarea de derribar las estatuas del sha:
—En su barrio se ha ganado usted, Golam, la fama de destrozaestatuas; le consideran incluso todo un veterano en ese campo.
—Es cierto. Las primeras estatuas que destruí fueron las del viejo sha, el padre de Mohammed Reza, cuando abdicó en 1941. Recuerdo cómo cundió la alegría por toda la ciudad cuando saltó la noticia de que se había marchado. Todo el mundo se lanzó en seguida a destruir sus estatuas. Yo era entonces un muchacho pero ayudé a mi padre, quien, junto con sus convecinos, derribó el monumento que Reza Khan se había hecho erigir en nuestro barrio. Puedo decir que aquello fue como hacer mis primeras armas.
—¿Le persiguieron por este motivo?
—No, en aquella época eso aún no se hacía. Después de marcharse el viejo sha se vivió todavía un tiempo de libertad. En aquel entonces el joven sha no tenía fuerza suficiente como para imponer su poder. ¿Quién iba a perseguirnos? Todo el mundo se oponía a la monarquía. Al sha lo apoyaba tan sólo parte de los oficiales y, cómo no, los americanos. Luego dieron el golpe, encerraron a nuestro Mossadegh, fusilaron a su gente y también a comunistas. Volvió el sha e implantó la dictadura. Corría el año 1953.
—¿Recuerda aquel año?
—Claro que lo recuerdo. Fue el más importante, porque fue el del fin de la democracia y el del inicio de la dictadura. En cualquier caso me acuerdo muy bien del día en que la radio dio la noticia de la huida del sha a Europa y de cómo, al enterarse de ello, la gente se lanzó eufórica a la calle y empezó a derribar las efigies imperiales. En este punto debo aclarar que desde un principio el joven sha  erigió  muchos  monumentos  a  su  padre  y  a  sí  mismo,  así  que  durante  aquellos  años  se  fue acumulando bastante material para derribar. En aquella época mi padre ya había muerto, pero yo ya era un adulto y salí por primera vez como un tiraestatuas autónomo.
—¿Y qué? ¿Las derribasteis todas?
—Sí, no fue tarea difícil. Cuando volvió el sha, tras el golpe, no quedaba ni una sola efigie de los Pahlevi. Pero no tardó nada en empezar a levantar nuevos monumentos, suyos y de su padre.
—Eso significa que lo que usted había destruido él lo volvía a reponer en seguida, y que luego usted acababa destruyendo lo que él había repuesto, y así sucesivamente, ¿no?
—En efecto, así era, es cierto. Se puede decir que no dábamos abasto. Destruíamos una estatua, él levantaba tres; destruíamos tres, él levantaba diez. No se veía el final de todo aquello.
—Y  posteriormente,  después  del  53,  ¿cuándo  volvisteis  a  la  tarea?  —Teníamos  pensado hacerlo en el 63, es decir, durante la Sublevación que estalló cuando el sha encerró a Jomeini. Pero aquél inmediatamente ordenó una masacre tal que tuvimos que esconder nuestras cuerdas sin haber tenido tiempo de tirar una sola estatua.
—¿Debo comprender que teníais cuerdas especiales para ese menester?
—¡¿Cómo si no?! Teníamos unas cuerdas de sisal fortísimas que guardábamos en el mercado, en el tenderete de un vendedor amigo. No se podía bromear con estas cosas; si la policía nos hubiese descubierto,  habríamos  acabado  en  el  paredón.  Lo  teníamos  todo  preparado  para  el  momento adecuado, todo estaba bien pensado y ensayado. Durante la última revolución, es decir, en el año 79, la desgracia consistió en que se lanzaron a derribar monumentos no pocos aficionados y por eso hubo muchos accidentes, porque los dejaban caer directamente sobre sus cabezas. Destruir un monumento no es tarea fácil; hace falta para ello profesionalidad y práctica. Hay que saber de qué material está hecho, qué peso tiene, cuál es su altura, si está soldado en todos los bordes o si las junturas son de cemento; en qué sitio atar la cuerda, hacia dónde inclinar la estatua y, finalmente, cómo destruirla. Nosotros nos poníamos a calcularlo todo ya en el mismo instante en que se empezaba a levantar la siguiente estatua del sha. Era la ocasión más propicia para averiguar cada particularidad acerca de su  construcción:  saber  si  la  figura  estaba  vacía  o  llena  y  —lo  que  es  más  importante—  cómo  se juntaba con el pedestal, qué método habían utilizado para fijar la estatua.
—Debíais de dedicar mucho tiempo a estas averiguaciones.
—¡Muchísimo! Ya sabe usted que en los tres últimos años el sha se hacía construir cada vez más  monumentos.  En  todas  partes:  en  las  plazas,  en  las  calles,  en  las  estaciones,  al  borde  de  los caminos... Además, otros también se los erigían. El que quería conseguir un buen contrato y aplastar la competencia, corría para ser el primero en rendirle este homenaje. Por eso muchos monumentos eran de construcción poco sólida y, cuando llegaba su hora, no nos costaba trabajo destruirlos. Pero debo reconocer que en algún momento dudé de si conseguiríamos derrumbar tal cantidad de estatuas: realmente se contaban por centenares. La verdad es que nos costó sangre y sudor aquel trabajo. Yo tenía las manos llenas de ampollas y llagas de tanto darle a la cuerda.
—Pues sí, Golam, le tocó un trabajo interesante.
—Aquello  no  era  un  trabajo;  era  un  deber.  Me  siento  muy  orgulloso  de  haber  destruido  los monumentos del sha. Creo que todos los que participaron en esa destrucción se sienten igualmente orgullosos.  Lo  que  hicimos  lo  puede  ver  todo  el  mundo:  todos  los  pedestales  están  vacíos  y  las figuras de los shas han sido destrozadas y yacen desmembradas por algún que otro patio".

Un gobierno progresista debe salvar a la industria JSP-CELGAN-MILLAC

Si un gobierno progresista no sirve para salvar los intereses de los trabajadores, ¿para qué sirve? Una visión estratégica, sobre todo de la facción de izquierda del gobierno (Sí Podemos Canarias), debería tener como referencia central los intereses de los trabajadores, y apuntalar a los sectores económicos distintos a los del binomio construcción-turismo. Una industria alimentaria no se debe dejar caer, y menos cuando esa industria tiene un amplio porcentaje de mercado, es una marca conocida de capital canario (o era, no sé como anda ahora el asunto) y emplea a varios centenares de personas.


Un gobierno progresista, sobre todo su facción de izquierda, que no tenga un criterio de clase a la hora de enfocar las problemáticas de la economía y del mundo del trabajo, está dejando el camino allanado para que la derecha (CC/PP) vuelva, en breve, a llevar las riendas del gobierno autonómico.


La izquierda viene años diciendo que no podemos continuar con un modelo que dependa solo del turismo, que eso nos hace más dependientes, que se necesita construir alternativas económicas viables que garanticen progresivamente espacios para la soberanía alimentaria, y llega esta ocasión en que esa izquierda debe batirse el cobre y deja tirado a centenares de trabajadores, da por perdida esta industria y abre su espacio de mercado a nuevas marcas de capital multinacional español o extranjero, que seguirán ahondando en la dependencia económica y psicológica de nuestra sociedad.


Salvar a JSP/Celgan/Millac es dar una lección de que es posible hacer otro tipo de política. Existen multitud de fórmulas para hacerlo. La derecha canaria e insular lo ha hecho en el pasado con muchas empresas, para empezar, con la más emblemática, TITSA. Pero con otras cuantas más también de sectores claves. Es cierto que en el pasado la fuerza de los sindicatos era mayor, que la conciencia de clase de los trabajadores ejercía fuerza con mucha mayor intensidad que en la actualidad, pero, precisamente por eso, es ahora el momento de que un gobierno progresista, que tiene en su seno una facción de izquierda, juegue un papel central en esa lucha. Habría que convertir esta situación de crisis en una oportunidad, haciendo de la defensa de este sector clave un ejemplo de lo que es hacer políticas desde la izquierda. El desafío merece la pena a pesar de las dificultades que pueda presentar. La izquierda canaria ganaría respetabilidad, se vería su utilidad política, y muchos trabajadores que desconfían de que pueda servir para algo, y por eso prefieren votar a la derecha, comenzarían a comprender que no es verdad el discurso de que los saben de economía son los patronos. 


En estas luchas los trabajadores toman conciencia de clase. En sus pueblos y sus barrios, entre sus familiares y amigos se rearma la idea de que la lucha vale la pena, de que todos los políticos no son iguales y de que hay algunos que están a muerte con la defensa de los intereses de los trabajadores. Esta lucha, además, podría abrir de verdad el debate social sobre la necesidad de potenciar las industrias y los sectores de la alimentación. De avanzar en la toma de conciencia de la soberanía alimentaria, de abrir espacios de reflexión sobre la necesidad de combatir la instalación de empresas multinacionales, que vienen a las islas a sacar su gran tajada llevándose los capitales que aquí se generan a cambio de empleo barato y precario.


No es razón para dejar tirado a centenares de trabajadores y terminar de hundir una industria estratégica, en un país desindustrializado como el nuestro, la excusa de la mala administración que de la empresa hicieron los jefes, hasta llevarla a su hundimiento. No es excusa que se haya beneficiado de fondos público desde hace tiempo, (por cierto, fondos públicos que eran manejados por los miembros del hoy gobierno progresista, exceptuando a Sí Podemos Canarias) y que no hayan servido para reflotar la industria. Claro que ha sido así. Multitud de empresas en Canarias viven de los fondos públicos (por no hablar de los bancos) y en la época de la vacas gordas los políticos de entonces, (PSOE-CC-PP), y muchos periodistas, mantenían excelentes relaciones de todo tipo con el jefe que a todos bendecía. Pero el asunto ahora es otro. La cuestión que se dirime en estos meses es que los trabajadores no cobran su sueldo, las instalaciones están hipotecadas, las deudas son un cáncer que devora todo. Y, sin embargo, el sector es rentable. El café JSP, los lácteos de Millac y Celgán siguen vendiéndose y los trabajadores siguen arrimando el hombro sin cobrar sus salarios. Y ante esa tragedia el gobierno progresista y su facción de izquierda no plantean ninguna solución que no sea clavar una nueva puncha en el ataúd.


Puede ser que el PSOE cuando empiece a repartir el dinero de Europa pueda salir airoso. Puede ser que Nueva Canarias se sostenga con sus votos de GC y su sólida estructura municipal y cabildicia en esa isla. Puede que el cacique de la Gomera mantenga sus tres diputados y, también, puede ser que sea Sí Podemos Canarias quien pague de forma más dura esta dejación de su responsabilidad.


Lo que es seguro es que con la caída de una nueva industria canaria pierde el conjunto de la sociedad.


¿Por qué somos africanos y no pasa nada por serlo?

El gran historiador de la ilustración Viera y Clavijo comenzó su obra diciendo: “estas islas pertenecen al África”. Lo cual ni siquiera era necesario que lo escribiese don José, porque incluso en el siglo XVIII la cosa estaba muy clara para cualquiera que mirase el mapa.


Ser africano se puede tomar con la total naturalidad de saberse como tal y asumirlo, o vivirlo como un error de la geografía y de la historia y no querer reconocerlo, lo que te lleva a estar toda la vida negando esa parte de ti. Tener que negarte constantemente como africano, solo es explicable porque tienes una cultura y una mentalidad racista de tal magnitud que, en el supuesto de reconocerte como tal, terminarías odiándote a ti mismo. Es más fácil negar la evidencia y vivir en la alienación. Al fin y al cabo forma parte de la condición moderna vivir alienado.


África no es un país, sino un continente inmenso lleno de países diversos. No es reducible a los estereotipos de nuestra mirada racista. África está llena de millones de negros y de millones de blancos. Entre los blancos hay rubios, contra los que seguro que no hay nada que objetar. También está llena de feos y de guapos. Hay un montón de gente pobre y otro montón de gente rica. Muchos juegan al tenis, al paddle, al futbol o al baloncesto. Otros muchos nadan en piscinas y practican el golf. Hay millones de supersticiosos musulmanes, animistas y cristianos. Otra cantidad considerable son ateos. Como en todas las partes del mundo, comunistas debe de haber menos en estos tiempos, pero liberales y posmodernos hay a porrillo. La inmensa mayoría de los africanos viven en el continente, pero hay unos buenos millones que vivimos en islas. En África hay una buena cantidad de islas, unas son pequeñas y otras son enormes. Y las playas inmensas están por todos lados, en nuestra islas también hay. En África hay varios millones de africanos que hablan español. Somos pocos en términos comparativos, pero al menos en Guinea Ecuatorial y el Sahara Occidental junto con Canarias, Ceuta y Melilla alcanzamos más o menos los cuatro millones.


A millones de africanos les gusta la música clásica, el jazz, el rock, hip hop, el reggae y todos los ritmos que podamos imaginar, y tienen compositores y grupos muy buenos de todos esos estilos. En África existe una riquísima literatura de calidad, escrita normalmente en las lenguas coloniales, pero no por ello menos africana. Y también una filosofía de gran nivel, así como una historiografía digna de las mejores. Maravillosos artistas plásticos exponen su obra en cotizadas galerías del mundo. A millones de africanos les gustan sus tradiciones, pero a otros millones no les interesan, y denostan el machismo, el patriarcado y los rituales de las sociedades tradicionales. Muchas mujeres africanas son feministas, y no dejan de empujar por ampliar y consolidar los derechos propios de la modernidad, entre los que se encuentra la igualdad entre los géneros. Por supuesto, que muchos millones de ellos odian la corrupción, sí, también hay corrupción en África, y luchan contra gobiernos opresores y corruptos, y los que no pueden hacerlo tratan de escapar, como hicieron decenas de miles de canarios en los años 40 y 50 del siglo pasado, que también huyeron en oleadas migratorias hacia Venezuela para librarse de la corrupción y el gobierno opresor de entonces.


Millones de africanos han perdido la esperanza que las independencias prometían. El neocolonialismo y la colonialidad frustraron los sueños que las generaciones precedentes trataron de poner en pie, y por la que muchos millones perdieron la vida. Las corporaciones europeas y norteamericanas en alianza con los déspotas en muchos países africanos, convierten en un infierno la vida de muchos de ellos. El asalto a los recursos naturales que luego se exportan hacia el norte del mundo, sumerge a África en el atraso y la dependencia. Y en Canarias estamos mejor, porque aunque seamos una sociedad dependiente con la mitad de la población en la precariedad laboral y económica, el paraguas de la UE nos mantiene en unos niveles de contradicciones soportables. Pero eso no significa que por ello dejemos de ser africanos. Nuestro futuro, todo nuestro potencial verdadero, solo se disparará cuando de verdad dejemos de estar asustados de ser africanos, y potenciemos al máximo las oportunidades que eso nos puede brindar. En el mundo poscolonial no hay que ser un estado independiente para hacerlo. El continente y casi todas sus islas se libraron del colonialismo en el siglo XX pero no de la colonialidad. La lucha política hoy está ahí. La primera batalla que deben librar los canarios contra la colonialidad es reconocerse como africanos.


José Díaz de Villegas, general africanista, geógrafo y director general de Marruecos y Colonias entre 1944 y 1968, se refería a Ifni como “una isla más de aquel archipiélago varada en pleno continente”. Y en un documento de la Alta Comisaría de España en Marruecos, otro organismo colonial, se decía  en 1946: “La relación histórica, ininterrumpida y constante, mantenida con esos Territorios por el Archipiélago canario, sus afinidades raciales, su analogía geológica y la identidad de su clima, son fundamentos suficientes para poder establecer que [...] las Canarias y la costa vecina del continente africano constituyen otra unidad geopolítica”. Un franquismo desacomplejado y consolidado en aquel entonces nos puso en nuestro sitio.

A estas alturas hay que recordar que las relaciones de Canarias con el Sáhara Occidental se vieron truncadas con el inicio de la guerra de liberación de los saharauis, tras la entrega que España hizo de ese territorio al reino de Marruecos. Pero antes de eso, miles de canarios vivían en el Sáhara. Muchos nacieron allí. Las relaciones comerciales y humanas entre los saharauis y los canarios fueron durante décadas, si no siglos, muy fluidas. Nada de esto se enseña en nuestros colegios, pero todos los que sobrepasamos la cincuentena lo sabemos perfectamente. Canarias comparte con los saharauis uno de los mayores bancos de pesca del mundo. Y antes de que Marruecos iniciara su expansión colonial hacia el sur, y con ello se arruinaran las opciones de la pesca artesanal en el zona, la flota canaria era muy importante.

Ya sabemos que en Canarias además de la inmensa mayoría de los canarios que no se reconocen como africanos, existen miles de colonos que, evidentemente, tampoco se reconocen como africanos, ni siquiera como canarios, pero esa evidencia no debe hacer olvidar la indestructible verdad de que queramos o no, todos los que vivimos en estas islas, vivimos en África. Y los que nacen y viven en África son africanos, igual que los que nacen y viven en Europa son europeos y lo mismo pasa con los americanos y con los chinos, incluso con los descendientes de los portugueses de Macao, que también son chinos, y con todos los demás pueblos del mundo, sin ver yo ninguna razón que esa verdad tan de perogrullo no sea aplicable a los canarios. Claro que existe la opción de ser un colono. Un colono es un fulano que vive ocupando una tierra que no le pertenece y se expande por el territorio de otros. Esto lo hacen mucho los colonos israelíes en la tierra de Palestina, o los colonos marroquíes en las tierras del Sáhara Occidental. Pero ese no es nuestro caso.

Antivacunas, conspirativistas, neochamanistas y new age

Durante los meses de la pandemia han proliferado las teorías conspirativas sobre su origen, la crítica a las medidas de control poblacional de los gobiernos, y a la búsqueda de un remedio médico para contener el virus. Los principales argumentos que se dan nos advierten sobre la contaminación que produce el 5G, el peligro chino y los planes secretos de control de Bill Gates y de George Soros, que nos quieren meter un microchip junto con la vacuna. Muchos, sorprendidos de su influencia, nos preguntamos ¿de dónde sale toda esta gente?

Gente culta, bien formada, con profesiones de alto rendimiento intelectual entran en el juego. Otros, menos formados, los imitan. En las redes se desata una espiral de argumentos que se retroalimenta en una realidad paralela. El último YouTube, el video del catedrático de California o el gurú de turno nos advierten de los peligros. En fin, una enorme cantidad de “información” circulando sin parar y conectando a millones por el mundo que trata de cuestionar los métodos científicos “occidentales” y sustituirlos por nuevas búsquedas en “otra realidad”. Lugares que sólo existen en las mentes de los convencidos y a los que no puedes acceder si no “crees” en ellos. Tampoco pueden ser sometidos a crítica de análisis lógicos porque son creencias esotéricas, no racionales.

En algunos casos son razones de poder las que se ocultan detrás de las teorías anticientíficas que nos han inundado, como en Trump o Bolsonaro. Con estos dos habría que incluir los poderosos grupos religiosos que los respaldan. Los pentecostales brasileños y los evangelistas y creacionistas norteamericanos. No son ellos a los que me refiero en este artículo porque pertenecen a otro tipo de “tribu”, aunque desde su posición privilegiada ayudan a alimentar la confusión y dan la sensación de pertenecer a la misma constelación. ¿Cuáles serían entonces?

Debe existir más de una explicación, como siempre suele ocurrir con todo, pero una que seguro forma parte de ella es la herencia de lo que en los sesenta comenzó a llamarse la new age. El auge del movimiento contracultural en la costa oeste de los EE.UU. estuvo formado por distintos movimientos que abarcaron disciplinas como la literatura, la plástica o la música. Beatniks, hippies, rockeros. El ácido lisérgico, la maría y las anfetaminas se usaban para buscar otras realidades en una práctica de escapismo del modelo fordista alienante y de la guerra nuclear que amenazaba con desatarse a cada poco. Elemento muy emblemático de aquella revolución cultural que afectaba a los sentidos fue la enorme influencia del libro de Aldous Huxley, Las puertas de la percepción, publicado en 1954, que serviría para que Jim Morrison y amigos nombraran a su grupo como The Doors, en una clara declaración de intenciones.

La recepción de las culturas “orientales” con sus gurús, filosofías y religiones trajeron nuevas creencias que muchos jóvenes de entonces adoptaron como formas de vida alternativa. La new age además aunó el esoterismo y la medicina alternativa (yoga, reiki, acupuntura, shiatsu), que pretende desbloquear los puntos de energía y devolvernos el equilibrio para poder sanar.
Esta perspectiva suele implicar (no siempre) una fuerte negación o crítica integral de la medicina “occidental”. Además, la constelación new age acoge también el ocultismo, sincretismo religioso, y otro tipo de prácticas culturales que han permanecido con nosotros, pero con poca visibilidad hasta estos días. En Canarias podríamos insertar en esta constelación a la Iglesia del Pueblo Guanche, aunque tiene un origen más tardío, comparte su interés por los rituales ancestrales de las culturas nativas.

El new age fue la parte mas despolitizada y mejor vista por los poderes de entonces. Sus seguidores optaron por sumergirse en sus realidades paralelas e intervinieron poco en las políticas comunitarias. En España, este tipo de movida cultural cobró un gran impulso tras la recepción del libro de Carlos Castaneda, Las enseñanzas de Don Juan. Nos narra cómo buscando información para su tesis matriculada en la Universidad de Los Ángeles, que originariamente versaba sobre el uso del peyote en las culturas indoamericanas, se topó en una parada de guaguas camino de su destino con Don Juan. Deja a un lado la tesis y se convierte en alumno y seguidor del maestro. Es un viaje iniciático al mundo del chamanismo.

El libro de Castaneda fue un éxito de ventas enseguida, y a mediados de los setenta se leía en todo el mundo occidental casi con fervor religioso. Yo mismo recuerdo leérmelo cursando aún el bachillerato en el IES Viera y Clavijo de La Laguna. Fue una revelación, o eso pensé, como también lo sería el descubrimiento del Che. De Castaneda y Don Juan me olvidé pronto.

Castaneda nos proponía entrar en “otra realidad”. Como en España y en occidente no había chamanes “puros”, todo derivó por el camino del new age que, en síntesis, consistió en una occidentalización que hicieron las clases medias de esas enseñanzas extraídas y copiadas de realidades culturales diversas, indoamericanas y asiáticas.

La new age sirvió para hacer viajes turísticos en busca de chamanes, y de regreso anunciar, en el mejor de los casos, el “descubrimiento de la iluminación” y, en el peor, contar viajes al infierno propiciados por la ayahuasca, las semillas del diablo o los Lsd de primera generación. Los indoamericanos, que vieron pronto el negocio que les podía dar la constelación new age, se aprestaron a sacar beneficio económico de esos “buscadores de otras realidades”. Una neochamana peruana cuenta en el libro del antropólogo Joan Prat, La nostalgia de los orígenes, que:  “En Cuzco, levantas una piedra y aparecen treinta chamanes, charlatanes que digo yo. Y es increíble: ceremonia de ayahuasca, cien euros, San Pedro, doscientos euros…una mafia total”. 

Entre toda aquella gente había muchos que criticaban la medicina occidental, e interpretaban el mundo en clave de conspiraciones de poderes o superpoderes ocultos, que sólo podían ser combatidos con el uso de herramientas de la naturaleza, y permaneciendo alejados de cualquier práctica que emanara del estado o la ciencia, lo que incluía también no escolarizar a los hijos y la no vacunación. En el neochamanismo se deposita la esperanza para curar la mente y el espíritu en rituales y multitud de prácticas heterodoxas que nada tienen que ver con la ciencia médica, tales como el toque del tambor y las maracas, el ayuno, la purificación, la danza y la meditación, o la respiración holotrópica, que según Stanislav y Cristina Grof, creadores de la misma, pretende “alcanzar una mayor autocomprensión, expansión de la identidad del yo y facilitar el acceso a las raíces de los problemas emocionales y psicosomáticos. La palabra holotrópico sugiere la superación de la fragmentación interna, así como de la sensación de separación entre el individuo y el entorno”.

Los occidentales fueron en busca de esa “otra verdad” y los chamanes los conminaron diciéndoles: “Chamaniza tu vida, apúntate al itinerario del sol donde no hay fracaso…reintégrate con la Pachamama, conviértete, a través de la conexión profunda en árbol, río, montaña o amanecer. Podrás volar desde cuando aceptes que no sólo es real lo visible” (Prat).

En estos días de pandemia hemos visto cómo las constelaciones new age se nos cuelan por los whatssapp, Facebook y, últimamente, por las tv generalistas, no sé si promovidos conscientemente por los gurús de los medios o como relleno veraniego de la telebasura.

¿Qué pasa en Santa Cruz?*

La moción de censura en SC nos puede dar la impresión de que la ciudad es un lugar condenado al gobierno de las derechas, y no es raro encontrar a mucha gente manifestando tal punto de vista. Tras cuarenta años de gobierno de UCD-ATI-CC parece lógico llegar a esa conclusión. Los gobiernos se conforman con la participación de la ciudadanía en los procesos electorales, y las mayorías que surgen de ahí son las que sirven para hacer los mapas políticos pertinentes. De tal manera podemos decir que, de la mayoría de la gente que vota en SC, se desprende una preferencia mayoritaria por las fuerzas de la derecha sostenida en el tiempo, pero no podemos decir que SC sea una ciudad de derechas.

Si tomamos los procesos electorales entre 2007 y 2019, la tendencia preferencial de manera sostenida por la ciudadanía es la abstención. Veamos el cuadro:

Santa Cruz
%
2007
2011
2015
2019
Abstención
49,78
43,42
44,94
46,62
CC (ganador)
17

13
16
PP (ganador)

15


Derechas sumadas
26
30
27
25


En todos los procesos electorales el grueso de la ciudadanía optó por no ir a votar.

Si lo comparamos con Madrid, salvando todas las distancias demográficas y de variada naturaleza, vemos que en la capital del Reino la mayoría relativa de la población da su respaldo electoral a la derecha por encima de cualquier otra indicador.

Madrid
%
2007
2011
2015
2019
Abstención
34
32
31
31
PP+ (UyP)
36
32+(5)=37


PP+Cs 


31

PP+Cs +(Vox)



34
Más Madrid



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Madrid es una ciudad en donde la derecha tiene mayoría relativa sin ningún tipo de duda. La expresión política de la derecha concentrada primero en el PP, y luego por la suma de PP-Cs-Vox, representa una mayoría política y social en la capital del Reino. No es el caso de SC, en el que el factor de la abstención introduce más dudas al respecto. Así que deben ser otros elementos los que nos ayuden a explicar la “anomalía” chicharrera.

La irrupción de nuevas fuerzas no produjo ningún cambio significativo en el comportamiento electoral de la masa abstencionista. La mayor diferencia que constatamos entre 2007 y las siguientes citas electorales estuvo caracterizada por el problema censal en la ciudad. Entre 2007 y 2011, la corrección del censo reduce la masa electoral en 21.244 personas, lo que explicaría el salto abstencionista del 49,78% al 43, más de 6 puntos de diferencia. En el resto de citas electorales, las variaciones han sido de menos de tres puntos. Ello quiere decir que la irrupción de nuevas fuerzas con representación, esta vez en la izquierda, como fue Sí Se Puede en 2011 y 2015 o UP en 2019, no tuvo ningún efecto sobre la masa de electores abstencionistas. Los trasvases de votos se han producido entre la masa de votantes que suele ir a las urnas. Pero no se ha movido a la mayoría relativa que se mantiene en la abstención. ¿Por qué?

Hay muchos factores que ayudan a dar una explicación, que van desde los culturales a los de tradición política y organizativa. Pero algunos tienen más peso que otros. La extensión del precariado, sin duda, es de vital importancia. Una estructura económica en la que abundan los sectores informales y trabajadores precarios no sólo afecta a los asuntos de corte económico, sino que configuran y moldean lo social, lo político y lo cultural. En SC, en torno al 40% de su población vive con dificultades.

El precario que puede ser lumpen, pero también puede ser más cosas, favorece un comportamiento político/electoral disruptivo, según los criterios de la democracia representativa. Los lumpenes, por otra parte, no solo deben ser identificados en el precariado, también son observables en muchos sectores de las clases altas y las élites dominantes. La corrupción política, económica, el transfuguismo y el nepotismo son formas privativas del lumpenaje de las élites.

La transición del modelo colonial/periférico asentada en el sector primario y secundario ha dado paso, desde los ochenta en adelante, a uno dominado por los sectores de servicios no cualificados, y también a una gran bolsa de parados/excluidos que ya no son reserva de mano de obra, sino personal sobrante de un modelo económico altamente especulativo en el que los sectores del trabajo deben competir a la baja entre ellos mismos y, desde hace unas décadas, con los sectores de trabajadores inmigrantes que meten presión al mercado de trabajo por el lado de los de abajo. Se fragmenta la sociedad manteniendo a los grupos sociales aislados unos de otros. “El barrio” es el mundo en sí, y el trabajo hace presión contra su propio su valor. La ideología neoliberal que fomenta el individualismo desplaza la cultura popular que antes descansaba en los sindicatos, en los talleres y en los lugares de trabajo del “modelo fordista”, que si bien en Canarias y SC fueron pocos (tabaco, conservas, alimentación, frío, transporte, etc.) servían como escuelas de aprendizaje, compromiso y organización. La dispersión que imprime la economía de servicios descualificados en la mayoría social produce desapego e indiferencia a su marco político, basado en una democracia en el que priman la propaganda, las grandes campañas y la inversión de cuantiosas sumas, tornando el modelo en una democracia del espectáculo y no de la participación.

La relación del poder con los amplios sectores precarizados se manifiesta por medio de la represión de lo marginal, lo peligroso, o bien por la vía del clientelismo, que alimenta y se alimenta de la corrupción. Esa estructura social decolonial no ha sido abordada políticamente para descolonizarla. En ella, los sectores de las clases medias y altas, y algunos de las clases populares, se integran políticamente; el 45% permanece fuera. Ese es el desafío que algún día alguien o algunos deberán afrontar para consolidar un cambio de relaciones de fuerza en la ciudad.

En las elecciones del 2019 hubo una opción de garantizar para toda la legislatura un gobierno del cambio. Con los 9 concejales del PSOE y los, al menos 5, que una coalición de SSP/UP (4,4% +10,62%) con el 15% de los votos hubiera logrado. Con la coalición Sí Podemos Canarias (UP+SSP) en SC no hubiera hecho falta Cs para garantizar el cambio, y la operación de transfuguismo no habría tenido lugar. El veto al acuerdo que hizo Podemos SC lo impidió. Su argumento, peregrino, fue que el candidato de SSP llevaba dos legislaturas, y que no podía estar una tercera porque lo tenían como línea roja en su partido. Cuando uno no quiere dos no se entienden. Tras la vuelta de CC y PP al poder, la esperanza de un cambio de larga duración quedará truncada. No hay que estar echándole las culpas a todo el mundo, a la ciudadanía, a la derecha, a razones inconfesables de la tránsfuga sin ver la viga en el ojo propio.

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*Los datos son para las municipales. En las generales, que es cuando se vota más, la tendencia ganadora de la abstención persiste situándose en torno al 39%. Y no siempre entre los votantes gana la derecha.

Revisando mitos del insularismo tinerfeño

El insularimo es una patología de la política canaria, auspiciada por los grupos de poder de Gran Canaria y Tenerife. Junto con el caciquismo, la dependencia y atraso económico, y la falta de un proyecto autónomo marcó la historia contemporánea de Canarias. Su esterilidad imposibilitó alcanzar una plena autonomía desde comienzos del siglo XX, y nos relegó al vagón de cola de las autonomías en el periodo constituyente 1978-1983. El insularismo ha construido una serie de mitos, tras los que ocultó su incapacidad de ver el mundo más allá de la punta del muelle. 

El insularismo tinerfeño se construyó sobre el levantamiento de una serie de mitos. Los principales fueron destacados jefes militares y, curiosamente, ninguno tinerfeño o canario. En la edad contemporánea el primero de todos es el General Gutiérrez. Mito fundido con el del Almirante Nelson, para mayor gloria del primero. Pero no nos ocupamos en esta ocasión de Gutiérrez, de quién por otra parte hay una hagiografía abundante, que algún día habrá que revisar con un planteamiento de historia crítica y seria. Mientras tanto, una novela histórica de Miguel Angel Díaz Palarea nos aproxima desde el punto de vista desmitificador y con sentido del humor. Su libro lleva el ingenioso título de, Entre piratas. Contralmirante Nelson y el General Gutiérrez en las Islas Canarias.

El segundo militar, no por orden de importancia en la mitología insularista, fue el fascista/golpista Capitán General de Canarias, García Escámez. Ocupa un lugar muy destacado en el panteón del altar patrio tinerfeño. Tener la Capitanía General ubicada en Santa Cruz no es un elemento ajeno a tal asunto.

El tercero fue Capitán General de Canarias, Cuba, Filipinas y Cataluña, además de ocupar distintos cargos ministeriales durante varios gobiernos, y asiento en el senado de manera vitalicia por designación real. La reina regente María Cristina de Habsurgo Lorena le concedió un marquesado con el título de Marqués de Tenerife en 1887.

Weyler es el nombre de la plaza central de Santa Cruz, puesta en su honor por haber impulsado el edificio de la Capitanía General, también del Gobierno Militar de Las Palmas, aunque allí el parque que lo custodia no lleva su nombre, sino el de San Telmo.

En Cuba, su nombre es asociado a la construcción de los campos de reconcentración de la población civil, y sinónimo de desgracia, muerte y destrucción. En Filipinas y Cataluña una calle lleva su nombre, así como en Palma de Mallorca, su ciudad natal, pero en ningún lugar su figura es tan central, y tiene un reconocimiento tan formidable como en Tenerife.

Toda esa parte de la historia  del General es más o menos conocida, y su figura como elemento de construcción del imaginario del insularismo tinerfeño, aparece a ojos de sus defensores de manera impoluta. Weyler, héroe y militar insigne, luchador denodado por la patria. Valeroso y aguerrido. Portento de virtudes. Sin embargo, fue retirado de la guerra en Cuba ante la mala dirección de las operaciones militares bajo su mando.

Una vez de vuelta en la Península pedía 50.000 hombres para invadir Florida, y derrotar a los norteamericanos. El gobierno no le tomó en serio semejante fanfarronería y, aún queriendo, tampoco hubiera podido armar una expedición de 50.000 hombres para invadir los EE.UU. Pero este militar vivía en la irrealidad, igual que la mayoría de los militares que formaban la oficialidad del ejército español de entonces. Siempre prestos y valientes para llevar a cabo guerras civiles contra su pueblo desarmado, pero incapaz cuando debían batirse contra enemigos bien dispuestos.

Y de esta estirpe es don Valeriano. No podemos decir que tuviese una responsabilidad determinante en la derrota contra los EE.UU. en 1898, porque de todas formas, con su participación o no, el resultado hubiese sido igual. Pero sí que su engrandecimiento se haga ocultando hechos que son conocidos desde hace más de 120 años, aunque, sin embargo, han permanecido bien custodiados para no mancillar el honor de uno de los referentes esenciales del insularismo tinerfeñista.

Weyler no es más que la expresión común y corriente de la mediocridad de la casta militar de finales del siglo XIX, y de buena parte del XX. Y, en muchos casos, esa mediocridad se manifestó en torpeza evidente, a la vez que en desprecio de los hombres a los que mandaba. “El soldado  español es el mejor del mundo, come poco y marcha bien”, había dicho. Ciertamente, que el soldado español, hijo de campesinos analfabetos, era tratado con todo desprecio por sus superiores, en una actitud permanente de clasismo exacerbado.

Se jugaban la vida de esos soldados famélicos, obligados a servir en las guerras coloniales, con total desprecio. Weyler flotaba en una superioridad engreída, que no respondía al intelecto del personaje. Con su elitismo, y desprecio de los que estaban bajo su mando, cometió una imprudencia criminal, merecedora de un castigo en toda regla que, por supuesto, nunca recibió. 

Estando Weyler en Madrid, durante la fase final de la guerra contra los EE.UU., conoció a un supuesto doctor alemán, que en realidad era un espía americano, de nombre Edward Breck. El tal espía, había podido llegar a las cercanías del poderoso general, y entablar amistad con él, tras primero haber conocido a su hijo Fernando Weyler, también militar, mientras viajaba en tren hacía Madrid, procedente de Francia. 

Valeriano Weyler, sin tomar precauciones sobre un extraño que acababa de conocer, lo adopta y lo introduce en su círculo más cercado en Madrid, compuesto por otros generales, y altos políticos cercanos al gobierno. Delante del espía habla abiertamente sobre posiciones militares. Además, le da una carta de recomendación, para que pueda moverse con su aval por todo el país. Así, le abre las puertas para reunirse con jefes verdaderamente sensibles en aquel momento. El principal fue nada menos que el Almirante Cámara, que era el responsable de llevar a cabo la defensa de la Península si los EE.UU. se decidían por atacarla. Y claro, el espía, armado con la carta de Weyler, no desperdició la ocasión de ir a ver a Cámara a su barco anclado en la bahía de Cadiz, y sacarle toda la información que pudo.

La posesión de la carta en la que Weyler le da protección, fue usada para inspeccionar de cerca todas las defensas que se habían montado para repeler el ataque norteamericano. Desde San Sebastián hasta Cádiz, pasando por Barcelona, Valencia y Cartagena. El jefe de jefes, Valeriano Weyler, había sido engañado de la manera mas simple e infantil que se pueda imaginar. Con tales jefes, no habría enemigo que no pudiera derrotar al ejército a cualquier lado que fuese, Caribe, Filipinas o Marruecos.

Convertirlo en símbolo del insularismo tinerfeño retrata lo mal que andaban de ideas sus promotores.

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Fotografías tomadas por el agente norteamericano Edward Breck gracias a la inestimable colaboración del General Valeriano Weyler, Marqués de Tenerife, símbolo del insularismo patrio.









Canarias 2030: una distopía colonial

Imaginemos un escenario que hoy parece improbable, pero que podría construirse a partir de decisiones políticas perfectamente reconocibles. ...