Las tuberías de agua de la ocupación sionista en Palestina


Médicos sin fronteras.

En los conflictos coloniales la violencia no siempre adopta la forma del enfrentamiento armado. A menudo es más lenta, menos visible y, precisamente por ello, más eficaz. Controlar la tierra, regular los movimientos de población o decidir quién puede producir y quién no son formas clásicas de dominación. Entre todas ellas, una destaca por su centralidad material y simbólica: el control del agua.


Lejos de ser un recurso neutral o un problema técnico, el agua ha sido históricamente un instrumento de poder colonial. Palestina es un caso bien conocido. También se usó con este sentido en la Sudáfrica del apartheid y en la Argelia colonial.


Desde la guerra de los seis días de 1967, Israel controla los recursos hídricos palestinos. En Cisjordania la principal reserva de agua dulce se encuentra en el Acuífero de la Montaña, y se recarga mayoritariamente bajo territorio palestino, pero su explotación está dominada por Israel para beneficio de los asentamientos de los colonos judíos.


Los palestinos necesitan permisos militares para perforar pozos, reparar canalizaciones o ampliar redes. Permisos que rara vez se conceden. El resultado es una desigualdad estructural. Mientras los asentamientos disfrutan de suministro continuo, agricultura intensiva y espacios verdes, las comunidades palestinas reciben agua solo algunos días a la semana y deben comprarla a precios elevados a la propia empresa israelí que la controla.


El agua es un mecanismo de control sobre la vida cotidiana de los palestinos. El mecanismo estrangula el desarrollo económico, produce enfermedades y desorganiza el tiempo de la vida doméstica. Esta sequía no se produce por las condiciones de la naturaleza sino es aplicada como instrumento de dominio colonial. Es una sequía administrada políticamente.


En Gaza esta lógica ha alcanzado una dimensión cualitativamente distinta, tras el genocidio iniciado en 2023. Gaza ya sufría una crisis hídrica severa. El acuífero costero estaba sobreexplotado y contaminado, y más del 95 % del agua no era potable. Israel controlaba la entrada de energía, materiales y tecnología necesarios para la desalinización y la depuración. Tras los bombardeos masivos y el asedio prolongado, la situación ha derivado en la destrucción sistemática de todas las infraestructuras hídricas. Las plantas desaladoras, pozos, redes de distribución y sistemas de saneamiento han sido destruidos o inutilizados. El acceso al agua potable se ha reducido a niveles mínimos, con consecuencias directas sobre la supervivencia de la población civil. Israel mata con bombas, hambre y sed a los gazatíes.


El genocidio israelí administra la escasez para hacer inviable la vida misma. En Cisjordania representa la gestión prolongada de la escasez. Gaza, su punto límite. El paso de la dominación estructural a la negación abierta de las condiciones de vida.


El agua riega campos y apaga la sed, delimita territorios, organiza jerarquías y define horizontes de futuro. En Palestina funciona como una frontera invisible, menos visible que un muro, pero igual de eficaz.

Las tuberías de agua de la ocupación sionista en Palestina

Médicos sin fronteras. En los conflictos coloniales la violencia no siempre adopta la forma del enfrentamiento armado. A menudo es más lenta...