domingo, 3 de mayo de 2015

Santuario

El primer gobierno socialista en España (1982) tuvo que afrontar problemas muy complicados. Golpismo latente, estructura del estado plagada de franquistas, impulso del estado social a la vez que se comienza a diseñar el proceso de reconversión industrial, y con ello un cambio de la estructura económica global, negociación para la entrada en el MCE y bajo cuerda también para entrar en la OTAN, aunque el PSOE había hecho una campaña, bien es verdad que engañosa (OTAN, de entrada NO), en la que hacía guiños permanentes para sacar a España de la organización militar supranacional bajo control norteamericano. 

Nada de ello aparece en la brillante película del cineasta francés Olivier Masset-Depasse. Santuario centra su metraje en otro gran desafío de la época, el conflicto vasco, y en particular, en cómo el gobierno francés de Mitterrand abordó el problema de los refugiados vascos en Iparralde. De tal manera que la película nos muestra, como su director manifiesta: “Este momento de historia entre Francia y España de los años 80, entre Francia y ETA, entre Estados soberanos y terroristas independentistas, (que) nos sumerge de lleno en la cuestión identitaria y territorial”. La película no es un vulgar alegato sobre buenos y malo, y ni siquiera un relato que pretenda justificar las bondades del estado democrático frente a las acometidas de los grupos armados que actúan en su territorio (GAL), o que lo usan como refugió y retaguardia (ETA) para operar tras las fronteras pirenáicas (España).

La estructura central del film se centra en “el fin de la inocencia y el declive de los ideales”. La izquierda, que gobierna en Francia, se ha vuelto completamente pragmática. Se narra como el PS aceptó “la violencia de Estado. Su implicación en los actos de los barbouzes. Su virginidad perdida”. De ETA se relata como las nuevas generaciones de militantes, que toman el relevo en medio de la ofensiva de los GAL (1984), apuestan por endurecer su posición y aprovechan la detención de Txomin Iturbe Abasolo, hasta entonces el jefe indiscutido de ETA, para impulsar una nueva campaña más sangrienta, que incluye también el asesinato de los militantes propios (Yoyes) que no se avienen a su nueva estrategia.

No cuesta ver en Mitterrand al César Borgia en que se fijó Maquiavelo para escribir El Príncipe. El Presidente francés deja a un lado la ética y las ideas que mantuvo antes de ocupar el poder. Ahora lo principal es no perderlo. “Es necesario que un príncipe que desea mantenerse aprenda a poder no ser bueno, y a servirse o no servirse de esta facultad según que las circunstancias lo exijan”. Napoleón apostilló la cita del florentino escribiendo “Se dirá lo que se quiera; lo esencial es mantenerse y conservar el buen orden del Estado”. El presidente francés en 1984, pendulaba entre el tradicional derecho francés de protección y asilo a los refugiados políticos, o iniciar una política nueva de entrega de los refugiados vascos a la policía española, aun sabiendo que los aparatos del estado español seguían llenos de policías y militares procedentes de la dictadura. Pero a la vez, un nuevo aliado, al que él mismo ayudó a llegar al poder está ahora en la Moncloa. La duda de Mitterrand estaba en saber qué pensaría el electorado de izquierda en Francia si cruzaba el rubicón, e iniciaba una política de devolución de los refugiados vascos que se encontraban en suelo francés, con ese preciso estatuto. El Presidente se ve en la necesidad de calibrar los efectos de la operación.

Mitterrand deja hablar a sus ministros, quienes sostienen posiciones encontradas. Uno quiere que entregue a los vascos. El segundo no. Si inicia entonces un proceso de mediación francesa para lograr un acuerdo entre el gobierno de González y ETA. Por diversas circunstancias, algunas esbozadas y otras omitidas, que implican a los aparatos de estado de los dos lados del Pirineo, el intento francés fracasa. La solución intermedia que impulsó Mitterrand consistió en extraditar a los activistas de ETA hacia terceros países.


La razón de estado triunfó. El socialismo a comienzos de los ochenta abandonó sus últimas señas de identidad, anticipando de esa forma la caída del Muro de Berlín (1989), y con ello el final de las alternativas nacidas con la Modernidad.