jueves, 5 de octubre de 2017

Cataluña, España y el nacionalismo banal

Parafraseo en la segunda parte del título el nombre del libro de Michael Billig, reputado psicólogo social británico. El término banal no hay que tomarlo en la acepción de la RAE, que lo describe como “trivial, común, insustancial”. Bien al contrario, hay que darle toda la importancia que tiene y asemejarlo al concepto de banalidad con el que definió Hannad Arendt el comportamiento de los mandos nazis durante el exterminio de las minorías nacionales. Dice Billig que la banalidad de los nacionalismos de los estados-nación difícilmente puede ser considerada inocua, inocente o baladí por la sencilla razón de que los aparatos de estado atesoran formidables arsenales armamentísticos muy amenazantes, y las poblaciones que se reconocen en el nacionalismo de tales estados-nación normalmente apoyan de manera entusiasta su uso.

Evidenciado queda ese asunto si pensamos en los EE.UU. y cómo sus discursos patrióticos sirven para invadir países con el apoyo explícito de buena parte de su población, que es construida cada día con los símbolos del nacionalismo de estado en los EE.UU. Pero esto no es privativo de los norteamericanos. En España ocurre otro tanto, y lo vemos en estos días de tensión a raíz de la aceleración de los acontecimientos en Cataluña.

La prensa hegemónica que nutre de información y crea imaginarios en las mentes de la población española, construye los conceptos como una fábrica fordista, produce en cadena de manera acelerada toneladas de discursos nacionalistas de estado. Esto que se hace comúnmente, se ha visto incrementado de manera notable en las últimas semanas. En estos momentos podríamos decir, incluso, que el nacionalismo de estado ha pasado de ser banal a ser explícito.

El nacionalismo banal es patrimonio exclusivo de los estados-nación, es decir, de los nacionalismos consolidados. Es tal el poderío que detenta el nacionalismo banal que no necesita reivindicar su nacionalismo para afirmar su personalidad colectiva, porque a diario lo hace por medio del lenguaje, la escuela, los medios de comunicación escritos y audiovisuales, los eventos deportivos, la colocación de sus símbolos en lugares bien visibles de los edificios centrales de cada municipio, en las fiestas patronales de cada temporada, en las grandes efemérides y también en las pequeñas, en los anuncios, etc. El nacionalismo banal no se ve a sí mismo como nacionalismo, porque entiende que todos los símbolos nacionales que rodean su espacio físico y simbólico han estado ahí desde el inicio de los tiempos. El nacionalismo banal se reproduce como un “hábito ideológico” y no entra a contemplar la posibilidad del momento, relativamente reciente, de su invención. Este nacionalismo piensa que es portador de lo que comúnmente se denomina “el sentido común”.

Cataloga a los nacionalismos periféricos como anómalos, propio de seres raros, extraños, disconformes, que no quieren adaptarse. Son los extremistas, los que viven en los bordes, gente indeseada que merece un severo correctivo (¡a por ellos, lololololo!). Como el nacionalismo banal no se ve a sí mismo como nacionalista, señala a estos nacionalistas periféricos como los únicos que portan el virus de esa ideología. El nacionalismo banal detecta fácilmente al otro pero es incapaz de detectarse a sí mismo. “Esta conciencia presenta el mundo de las naciones como un orden moral natural” porque el nacionalismo de estado ha sido capaz de calar hasta el tuétano de la población sobre la que interviene.


Esto se ve hoy muy claramente. Párate y contempla la gente a tu alrededor. Escucha las conversaciones. Mira las redes. Esta situación excepcional, hace que podamos observar, también de manera excepcional, cuánta razón se desprende del libro de Michael Billig. La discusión es imposible. En la película Matrix, Morfeo lo dice de esta manera: “Tenemos una norma. Nunca liberamos una mente al alcanzar cierta edad. Es peligroso, y a la mente le cuesta desarraigarse”.