viernes, 28 de enero de 2022

¡Bienvenidos!, cuarenta años después

  En diciembre de 1982 el Rock&Rios llegó en su gira a Canarias tras un parón de dos meses. Una cortinilla de lluvia caía a ratos ese día en Santa Cruz. La cola por fuera del estadio de fútbol era larga. Centenares de jóvenes nos apiñábamos esperando el turno de entrada. Había tenido la prudencia de llevar puesto un largo abrigo gabardina que me llegaba hasta las rodillas. Una preciosa melena ondulada, al decir de mi madre, me cubría hasta los hombros. Todo el mundo parecía colega de todos. Los cigarritos te llegaban sin saber exactamente de dónde. Ya en el interior, pateando el césped del campo, la gente alegaba esperando que por fin comenzara el concierto. Cuando se encendieron las luces del escenario comenzó a sonar el primer tema: “Buenas noches/ bienvenidos /hijos del rock’n’roll/los saludan los aliados de la noche/ Bienvenidos al concierto/gracias por estar aquí/vuestro impulso nos hará seres eléctricos”. Una banda enorme y compacta nos sumía en el poderoso sonido de un concierto de rock en directo.

Aquel espectáculo ponía fin a un año emocionante y tenso. Aún los rugidos de los sables se escuchaban en los cuarteles. En el año anterior un golpe de estado se había llevado a cabo. A día de hoy no se conocen todas las implicaciones que tuvo el 23 de febrero de 1981. Pero el deseo de la gente, al menos de la mayoría de la gente y, desde luego, de la gente joven era iniciar una nueva era. La edad de los asistentes para los conciertos de esta gira oscilaban entre los 15 y los 40 años. Deseosos de todo lo nuevo, las letras nos interpelaban directamente: “Abrir vuestras mentes/llenaros con un soplo de Rock/que desalojen los fantasmas cotidianos”. 

La gira del Rock&Rios comenzó en el mes de marzo en Madrid, los discos salieron en mayo a la venta, y todo quisque tenía la cinta grabada y la reproducía en aquellos casetes que hoy ya no existen. La TVE emitió en mayo, o por ahí, el concierto de Madrid. El tiempo del cambio. “Este es el tiempo del cambio/el futuro se puede tocar”. Al escribirlo lo rememoro muy vivamente. El PSOE arrasó en las elecciones de octubre de 1982. Diez millones de votos desterraron a las derechas franquista a una esquina del Parlamento. Alianza Popular, el partido matriz de PP y VOX, había pasado a la irrelevancia. Los temas tenían letras comprometidas y avanzaban preocupaciones que entonces no se adivinaban bien pero que ya las teníamos encima. “Dicen que el fin del milenio/ aumentará el mogollón/si no ponemos remedio hoy/tendremos hambre, palo y polución”. Cantábamos al unísono y a garganta pelada todas las letras, aunque nuestras voces quedaban apagadas por la potencia del sonido. Pero acompañábamos a Miguel Ríos: “Esta es la era de Mister Chip/micro ordenador de tu porvenir/que por lo pronto te quita el curro/además de ser tu ficha sin fin”. Ya flipábamos con eso. Estado policial del futuro. Y nosotros aún metidos en el estado policial del fascismo, que a pesar de todo, de los diez millones de votos, de la derrota electoral de la derecha, seguía ahí. El fascismo de los jueces, de la policía, de la guardia civil, de los militares, de los curas, de los medios de comunicación. Los militares felones siempre han mandado en España, y todo el mundo era muy consciente de ello. El Capitán  General de Canarias de entonces era un fascista y felón con todos los galones. Sus grandes hazañas habían sido luchar en el frente del Ebro matando españoles y, después, en la División Azul, bajo mando nazi, matando rusos. Curriculum implacable.

Éramos muy jóvenes y sentíamos más que pensábamos. Algunas lecturas iniciáticas nos daban gasolina para cualquier cosa en donde estuviéramos metidos. El marxismo de Los principios elementales del materialismo histórico de Marta Harnecker, había sido la primera lectura que hice sobre Marx. Una reducción escolástica del pensamiento de don Carlos. Creo que esa lectura aquí fue posible, sobre todo para los estudiantes que habían cursado el bachiller en La Laguna, gracias a lo profesores de izquierda que había en el instituto. En mi entorno los colegas se lo habían leído. Y entonces hablábamos de marxismo como si lo manejáramos. No era extraño, al fin y al cabo, en la Unión Soviética muchos doctos de la Academia de Ciencias de la URSS no iban más allá de esa manera tan empobrecedora de pensar a Marx. También nos debatíamos con Carlos Castaneda y Las enseñanzas de don Juan, aquel libro que relataba el pensamiento místico de un indio yaqui de Sonora (Mexico) que decía que era brujo y nagual. Era la versión por aquí de la revolución contracultural de las décadas anteriores. ¡De aquellos potajes estos antivacunas!

Con las letras de Miguel Ríos sintonizábamos fácilmente: “No era la generación límite/aún creíamos en bellos sueños”. El truculento pasado no había dejado entrar la luz. “Pero en este país el hada apenas llegó/Grises, palos, carreras, los bien pensantes no bailan rock/Apagas la tele y suena al fin el himno nacional”. ¿Cómo dejar todo eso atrás? Buscando un nuevo sueño, decía la letra. Pero el nuevo sueño pronto comenzó a hacerse añicos. No lo sabíamos en ese momento, pero el PSOE ya había guardado sus grandes ideas de campaña en la gaveta. El concierto de Miguel Ríos daba pistoletazo de salida a la modernidad tardía en España, y a lo que se denominó más tarde como el gran desencanto. Los socialdemócratas devenidos social-liberales tuvieron mucho que ver en ello. En poco tiempo íbamos a comprender qué significaba el slogan de campaña: “OTAN, de entrada no”. La primera gran mentira que dejaba en la estacada a una amplía mayoría de la ciudadanía, que hacía poco tiempo había dado un respaldo masivo al PSOE.

El concierto nos había metido nueva energía en el cuerpo con los temas ya clásicos de Banzai, ¡contra la violencia y marginación, banzai!, y el “El Rocanrol es un bumerang/ descarga su energía aquí/me da su fuerza para vacilar/el Rock es un bumerang/por eso siempre volverá”.

No dejó de chispear en toda la noche, y al salir del estadio seguía resonando en los odios de todos nosotros el rock cargado de decibelios que terminábamos de escuchar. Pedíamos la luna, aunque estábamos dispuestos a conformarnos con menos, porque éramos conscientes de que: “pensar en un lote nuestro/es utópico y de ciencia ficción”, pero veíamos urgente “cambiar el sistema/entramos en la cuenta atrás/si no ponemos remedio/el ser humano nunca vencerá”. Y míranos ahora, el pasado nos atrapó y el fascismo salió de la esquina del año ochenta y dos.